Trump, aliado de Sánchez
Sánchez saluda a Trump en la cumbre en Egipto sobre el plan de paz / efe
En su recién estrenada condición de activista en pro de un cambio que devuelva al PSOE a la senda de la socialdemocracia y destierre el cesarismo en el que se ha instalado, el exministro Jordi Sevilla recurrió el jueves pasado, en la charla que ofreció en el Foro Alicante que organiza INFORMACIÓN, al viejo cuento del preso y el caballo para definir la estrategia que ha estado siguiendo Pedro Sánchez en esta legislatura. Aunque seguro que lo conocen, porque es un clásico de la literatura política, les recordaré que es ese que relata cómo un condenado a muerte usa su última palabra para proponerle un trato al emperador: “Señor, si me da usted un año yo le prometo que haré hablar a su caballo favorito”. El soberano, al que le da igual decapitar al reo un día u otro, acepta la sorprendente oferta. Cuando el prisionero vuelve a casa, sus amigos y allegados le preguntan si no hubiera sido mejor acabar de una vez, puesto que lo que ha prometido es imposible. A lo que él contesta: “Bueno, tengo un año más. Y en un año puede ocurrir de todo: que se muera el caballo, que se muera el rey, que me muera yo o hasta que el caballo hable, vete tú a saber”.
Con su ataque a Irán, Donald Trump acaba de brindarle a Sánchez la oportunidad que estaba esperando. Aunque Sánchez es unos años mayor, él y Pablo Iglesias, entre otros, pertenecen a esa generación de políticos que aprendieron todas las malas artes de sus antecesores pero asimilaron muy pocas de sus virtudes. Una generación, de la que hay ejemplos a derecha e izquierda, para la que el poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. Sánchez se dejó llevar al principio por la tesis de Iglesias de que para que la izquierda gobernara España por tiempo indefinido había que ceder espacio a nacionalistas e independentistas porque liquidado el bipartidismo era la única manera de cuadrar una mayoría suficiente en el Congreso de los Diputados. Al fin y al cabo, ¿no fue Felipe González el que importó de la China de Deng Xiaoping aquello de que gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones? Pues eso.
Pero esa apuesta ha servido para producir gobiernos Frankenstein, como los definió el difunto Rubalcaba, geometrías más que variables imposibles en el Parlamento para sostener esos gobiernos, enfrentamientos y recelos entre comunidades y que el PSOE, convertido en un club de fans, como lo llama Sevilla, haya destrozado su base territorial, que es la que siempre, pero sobre todo en los peores momentos, le sostuvo, a cambio de mantenerse en La Moncloa sin un objetivo claro de transformación de la sociedad, sino sólo de anclarse en un poder ejercido como trampantojo. Pongo dos ejemplos, convertidos en tópicos: el de la “pacificación” de Cataluña y el del “milagro económico” español. La tensión en Cataluña se ha rebajado enormemente, cierto. ¿Pero eso es, principalmente, mérito de la política de Sánchez o consecuencia de que el procés no encontró ni un solo aliado fuera de España y se agotó, por el momento, en sí mismo? En cuanto a la marcha de la economía, es innegable que España está batiendo récords. Pero como recordó Sevilla, economista de prestigio antes que cualquier otro mérito, una cosa es la riqueza y otra la distribución de la misma. Y en eso, el gobierno más progresista de la historia, según él mismo se define, está fallando estrepitosamente: las desigualdades han aumentado; la pobreza infantil, en la que también marcamos récords, no se ha corregido y, por el contrario, se ha consolidado la figura del trabajador pobre, aquel que aun teniendo empleo tiene serias dificultades no sólo para llegar a fin de mes sino para tener un techo que le cobije. Aquí, digo por lo del trampantojo, el discurso oficial, ya sea el de Sánchez o el de la extinta Yolanda Díaz, es contra el Ibex. Pero las empresas del Ibex nunca han ganado tanto mientras que la brecha salarial entre los de arriba y los de abajo jamás ha sido tan grande. Entre tanto los grandes engordan más y los pequeños se ven cada vez más abocados al subsidio las pymes o las clases medias se asfixian. El terreno mejor abonado para los extremismos.
Sánchez, cuya inteligencia política está fuera de toda duda, hace tiempo que se dio cuenta de que la estrategia del totum revolutum, da igual si en el saco caben desde Bildu hasta la derecha con tentaciones de extrema derecha como Junts, ya no es suficiente para garantizar el mantenimiento del Gobierno central. Así que no le queda otra que acaparar todo el voto a su izquierda que pueda. Ese frente unido que Rufián va pregonando por España sin el apoyo de los suyos, es el que Sánchez intenta ahora formar, pero no como tal frente, sino deglutiendo lo que quede de Sumar, exprimiendo hasta donde pueda el voto que le reste a Podemos, reclamando a nacionalistas e independentistas que voten según sus convicciones en las autonómicas pero se lo piensen a la hora de qué papeleta escoger en las generales. Resulta difícil, porque en la pantalla anterior lo que hizo fue convertir al PSOE en un organismo anoréxico por toda España y vigorizarlo de la noche a la mañana no es una tarea sencilla.
En España, el rechazo a lo yankee está muy asentado, no sólo en la izquierda, sino también históricamente en la derecha. Y el rechazo a la guerra, a cualquier guerra, es más transversal aún
En España, el rechazo a lo yankee está muy asentado, no sólo en la izquierda, sino también históricamente en la derecha. Y el rechazo a la guerra, a cualquier guerra, es más transversal aún
Pero en eso ha llegado Trump. Y le ha regalado un caballo a Sánchez. En España, el rechazo a lo yankee está muy asentado, no sólo en la izquierda, sino también históricamente en la derecha. Y el rechazo a la guerra, a cualquier guerra, es más transversal aún. Pese a ello, Sánchez no ha aprovechado los desmanes de Trump para unir al país, sino para sacar tajada de ello. El “no a la guerra” conecta con toda la sociedad y de hecho ya se está viendo en las primeras encuestas de urgencia que están publicándose. Pero si Sánchez quisiera armar una política de Estado no habría hecho una declaración deprisa y corriendo para rescatar el eslogan, sino que habría hablado con el resto de grupos y comparecido de inmediato en el Congreso.
Sánchez sabe que Trump acaba de dejar con el pie cambiado, no sólo al PP, cuyo líder, Alberto Núñez Feijóo, siempre está presto a demostrar su infinita torpeza, sino también a Vox, que de esta no va a poder escaparse como hasta aquí ha conseguido en todos los asuntos capitales a base de repetir latiguillos pero no explicitar nunca sus posicionamientos de fondo. Aquí, Le Pen ha dicho claramente no a las imposiciones de Trump, recogiendo la esencia de lo que siempre ha querido ser Francia, y Meloni se ha sumado a su manera al “No a la guerra”. Así que Abascal tendrá que definirse.
Sánchez, por su parte, como bien explicó Jordi Sevilla, corre el riesgo de quedarse colgado de la brocha. Si Trump continúa con su política de dominar el mundo a base de bombardearlo, erigirse como el líder europeo que antes y de forma más contundente le plantó cara le rendirá sin duda réditos internos al presidente del Gobierno español. El coste será alto, pero moralmente aceptable. Pero si Trump recula, entonces Sánchez se quedará de nuevo sin muro sobre el que sostenerse. ¿Puede pasar? Como poder, puede pasar de todo. Que Sánchez, cuyo objetivo siempre ha sido acabar la legislatura, vea la ventana de oportunidad y convoque por adelantado junto a las andaluzas para que el sol salga por Antequera. Que el alineamiento de Feijóo y Abascal con Trump les pase una factura más alta de la que esperaban y ese juego de suma cero en el que están metidos (lo que pierde uno lo gana el otro), acabe por no dar dividendos suficientes. Que para Sánchez, aun con la ayuda del autócrata norteamericano, sea demasiado tarde y la izquierda toda se hunda con él. O que como Trump lo que hace es darle cada mañana una patada al tablero, al final hasta el caballo hable. En mandarín, of course.
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