El agujero negro de Alicante |
Rueda de prensa de Diana Morant en Alicante, junto a Rubén Alfaro y Ana Barceló. / Álex Domínguez.
Leo a compañeros de distintos medios escribir que el PSPV-PSOE ha puesto el foco en Alicante para imponerse al PP en las próximas elecciones autonómicas. Coño, y yo sin enterarme. ¿Quiere eso decir que van a reabrir la sede socialista de la segunda ciudad de esta comunidad, inactiva desde que hace diez meses se nombró una gestora presidida por un afiliado de Elda de cuyo nombre no puedo acordarme? ¿Es por eso por lo que han desaprovechado la oportunidad que les brindaba el nombramiento de un subdelegado del Gobierno, y por incapacidad, por dejadez o por falta de banquillo han acabado colocando en tan visible puesto a alguien que no va a ser candidato a la Alcaldía de Alicante, ni a la de Elche, ni a la de Benidorm, ni a ninguno de los otros municipios principales de la circunscripción, ni va a encabezar tampoco la lista autonómica ni la de las generales? ¿Es que van a instar por fin al secretario provincial (se llama Rubén Alfaro, y es alcalde de Elda, pero eso sólo lo sabemos unos pocos bien informados) a expresar su opinión sobre cualquier tema socialmente importante o políticamente sensible? ¿Saben ya lo que hacer con Ángel Franco o Alejandro Soler? ¿Viene la revolución, y yo con estos pelos?
A ver. Esto de Alicante se ha convertido en una cantinela tan aburrida como impostada para la izquierda, en general, y para el PSPV en particular. Hubo un tiempo en que no fue así. Era cuando el partido lo presidía Antonio García Miralles, y no era un apósito sino un elemento decisivo y decisorio. Cuando el secretario de Organización era Alberto Pérez Ferré, capaz de conocer nombre, apellidos y trayectoria vital de todos y cada uno de los afiliados con un mínimo de pedigrí a lo largo y ancho de la Comunitat, así como de mantener un férreo control sobre todo lo que se movía. Cuando Antonio Fernández Valenzuela ejercía un contrapoder inteligente, donde no había manifestación contra Valencia que no encabezara él, que era la mejor forma para el PSOE de que las cosas jamás se salieran de madre, incluso si al PSOE, y sobre todo a Joan Lerma, le molestaba. O cuando eran más reconocibles los diputados al Congreso por Alicante (José Beviá, que fue varias legislaturas vicepresidente del Parlamento; Ángel Luna, hoy síndic de Greuges; Luis Berenguer, que fue presidente del Tribunal de la Competencia, por no hablar de Pedro Solbes, Leire Pajín o Juana Serna), que los de la mayoría de las demarcaciones nacionales, Valencia incluida.
Eso fue hace siglos. Desde entonces, el PSPV no ha encontrado su sitio en el sur. No ha repetido candidato en Alicante ni una sola vez desde 1995, que tiene narices. En tres décadas, sólo ha gobernado la capital tres años y el lío que montaron entre ellos, Podemos y Compromís fue de tal calibre que le garantizaron al PP la pervivencia por varias legislaturas. Han ido perdiendo palmo a palmo terreno (primero los municipios agrícolas, después los turísticos, luego buena parte de los industriales, hasta quedarse incluso sin Elche) y no han conseguido recuperar la Diputación, no por falta de apoyos, sino por no tener a nadie en sus filas que hiciera el esfuerzo de sumar, restar y saber qué hacer con el resultado.
Sólo Ximo Puig asumió que el verdadero problema de los socialistas en esta comunidad estaba y sigue estando en el agujero negro que para su balance representa Alicante, la provincia donde el diferencial con la derecha a favor de ésta es mayor pero que representa casi un cuarenta por ciento del censo electoral autonómico y cuenta con el mismo número de municipios de más de veinte mil habitantes (aquellos donde la izquierda habitualmente tiene más oportunidades) que Valencia: una treintena. Pero toda la apuesta que Puig hizo para cambiar eso (y que le sirvió para que por primera vez en décadas el PSOE fuera el partido más votado en 2019), quedó en agua de borrajas en cuanto lo relevaron. Así que Alicante vuelve a ser hoy para la izquierda, con los socialistas perdidos, Compromís sin norte, Sumar desaparecido y Podemos extinguido, territorio comanche, cuyas claves ni se conocen ni se entienden.
Los socialistas pueden decir que van “a poner el foco” en darle la vuelta a esa situación. Pero eso es sólo un latiguillo, no refleja ninguna voluntad, mucho menos una estrategia. Alicante no es sólo más de un tercio del censo electoral de la Comunitat. También es, con Sevilla, la cuarta provincia de España que más diputados envía al Congreso. Y, sin embargo, lo que ahora se cuece es colocar, como cabeza de lista en las generales, al ministro Óscar Puente. O sea, un cunero. La excusa es que no lo es, porque los fines de semana reside en El Campello; y la coartada, que también el PP ha puesto muchas veces foráneos a liderar sus candidaturas: bastaba con tener un chalet en Xàbia o un apartamento en Torrevieja. Pero el caso es que para abrir boca Puente nos acaba de presentar mano a mano con el alcalde Barcala el enésimo proyecto para suturar la herida ferroviaria que padece Alicante sin calendario ni presupuesto… 23 años después de que se creara una sociedad pública para diseñar ese calendario y ese presupuesto. Enhorabuena. A este paso, va a ser necesario regular el tráfico en la Comunitat Valenciana, no vaya a ser que tanto ministro y alto cargo socialista que se nos están amontonando acaben por chocarse en las campañas. Pero, entre tanto, un poco más de respeto por los electores y un poco menos de humo y fanfarria sería de desear.
Y no es que el PP no esté haciendo todo lo que pueda porque el PSOE recupere el pie cambiado. Está el escándalo de las viviendas de promoción pública de Alicante, al que Barcala comenzó respondiendo con agilidad pero ahora trata por todos los medios de embarullar sin darse cuenta de que cuanto menos transparente sea más abonará la sospecha. Está el del bono-comercio por el que ha sido detenido y está imputado el presidente de la Cámara, que se presenta a la reelección sin rival porque el partido que le llevó al puesto no ha sido capaz ahora de encontrar quien le sustituya, aunque lo ha intentado: nadie quiere hacerse cargo de un chiringuito en quiebra. Está el caso del expresidente de la Diputación y de las Corts, acusado de dos presuntos delitos de abusos sexuales. Está la crisis que por primera vez en muchísimos años viven los populares en la Vega Baja, la comarca más poblada de la Comunitat Valenciana (400.000 habitantes), si se exceptúan las áreas metropolitanas de Valencia y Alicante. Y está, sobre todo, el agotamiento visible del impulso del PP en lugares clave: en Alicante, donde todo el afán es que no se note que gobiernan; en Benidorm, en Torrevieja, en Orihuela, donde están a verlas venir; o en Elche, donde lo que hay es un plegarse sin sentido a Vox que ha tenido que corregir públicamente hasta Génova, que ya es decir. Pero, sobre todo, y eso afecta no sólo a Alicante sino a toda la Comunitat, está un partido con una dirección interina, porque Feijóo prefiere no convocar el congreso para no consolidar ningún tipo de liderazgo. El PP, el partido que gobierna la Generalitat, las tres diputaciones y los principales ayuntamientos, está a expensas de Madrid porque ni siquiera se ha nombrado una gestora.
Pero las guerras no se ganan en los despachos, que se lo digan a Trump. Hay que estudiarse el territorio y disponer de infantería para conquistarlo. Y ni lo uno ni lo otro tiene el PSPV, cada vez menos Partido Socialista del País Valenciano y más Partido Socialista de la Provincia de Valencia. ¿Poner el foco en Alicante? Me temo que otra vez llegan tarde. Este pasado jueves fue la peregrinación a la Santa Faz, una de las manifestaciones más multitudinarias que se celebran en la Comunitat Valenciana. Déjenme que reproduzca lo que mi compañero Manuel Lillo recogía en su crónica para INFORMACIÓN: “… Pineda [Manuel Pineda, recién nombrado subdelegado del Gobierno] hizo La Peregrina por primera vez. Una suerte para [Diana] Morant, ya que sin él se habría encontrado aún más sola en el recorrido. Poco más de tres personas hablaron con ella más de un minuto, salvo en la recta final. Uno fue [el president] Llorca. Otro, de manera inesperada, el rector de la UMH, Juanjo Ruiz… Y también el concejal de Vivienda, Carlos de Juan (PP), que le dio conversación…”. Más de 330.000 personas libraron a pie los siete kilómetros que separan el casco urbano del Caserío, pero Morant pasó frío porque los suyos no la arroparon en la caminata. Espero que al menos a la ministra le contaran que desde hace más de 500 años la tradición manda que al llegar al Monasterio los romeros, sean creyentes o ateos, exclamen: “¡Faz divina, misericordia!”. Visto lo visto, toda ayuda será poca.
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