Elogio de los 'seniors' |
Imagen de archivo. / Foto de mali desha en Unsplash
El joven en la flor de su vida vaga mucho por el azar mientras que el anciano ha llegado a puerto y ha puesto a salvo su felicidad. Epicuro
Cuando la salud acompaña y el optimismo nos guía, la vejez no avisa, simplemente desembarca. En nuestro imaginación la Roma clásica fijó una manera doble de ver esa edad: en el Senado los viejos administraban la autoridad, los emperadores, —también viejos y con Nerón en el top—, le pegaban fuego a la realidad cuando no satisfacía sus caprichos.
Los estadounidenses sustituyeron hace tiempo el adjetivo 'viejo' por el sustantivo 'senior'. No es un guiño a las culturas que veneran sus raíces —como la africana o la asiática—, sino un ejercicio de prestidigitación moderna: la ingenua superstición de que, cambiando el nombre, se enmascara el deterioro. Occidente sigue pensando la vejez a su manera, diría Frank Sinatra. Durante siglos, la veteranía fue una forma de sedimentación. Con el paso del tiempo podían llegar la riqueza, las redes de lealtad, el prestigio y esa acumulación de experiencia que el tiempo destila, a veces, hasta convertirla en criterio.
Llegado a ese recodo del camino, el ser humano podía desarrollar una predisposición magnánima: invertir energía en el bien público, hacer por los otros lo que ya no necesita hacer para cumplir con su ambición.
En todas las sociedades red, pero con menos fuerza en las orientales, a los mayores nos cambia la manera de existir. Sufrimos esa piedad de bolsillo........