En democracia siempre se acaba perdiendo
Recreación artística de la decadencia de la democracia. / Generador de imágenes de COPILOT para T21/Prensa Ibérica.
Se suele destacar que los presidentes del Gobierno de la democracia española, desde 1978, no han tenido una salida tranquila. Quien llega a la cima lo hace entre promesas, entusiasmos y una cierta luz inaugural; quien desciende de ella suele hacerlo bajo una intemperie distinta, rodeado de derrotas, reproches, sospechas o cansancios colectivos. En democracia, casi nadie abandona el poder en calma. Adolfo Suárez vio quebrarse el proyecto que había ayudado a levantar; Felipe González contempló cómo la corrupción empañaba el largo ciclo de su hegemonía; José María Aznar quedó asociado a una guerra lejana y a una tragedia cercana con el atentado terrorista de los trenes. José Luis Rodríguez Zapatero fue alcanzado por la gran crisis económica; Mariano Rajoy por la sombra persistente de los escándalos de su partido; y Pedro Sánchez, quizá, por una época en la que el desacuerdo se ha convertido en atmósfera.
Pero esa suerte adversa no empezó con la Constitución ni pertenece solo a nuestra democracia actual. Viene de más atrás, de un siglo XIX convulso en el que los gobiernos nacían muchas veces con vocación de permanencia y morían entre conspiraciones, pronunciamientos, exilios........
