Contra envidia (y II) |
Imagen de archivo. / ED
El envidioso detesta al que admira al mismo tiempo y por la misma razón: carece de lo que en el otro brilla, destaca o llama la atención. Pero, más al fondo, de lo que carece el envidioso es del propio brillar o destacar, pues la envidia se crece por la mirada y el reconocimiento de terceros, se haya producido ya o todavía no. Se carece de algo en particular cuya posesión nos enaltece, es cierto, pero entre las carencias que movilizan la envidia destaca la admiración ajena que recae sobre el envidiado.
Tristeza por el bien ajeno dicen las tradiciones morales, pero cabe preguntarse si no sería más descriptivo añadir dolor por el bien ajeno. La tristeza paraliza en el abatimiento, el dolor en cambio mueve a su evitación, ya sea poniendo distancia, ya sea eliminando la carencia. Ambas son también las reacciones más frecuentes al dolor de la envidia.
Caín no envidió las ofrendas de Abel, sino el reconocimiento divino que él mismo no mereció. Pero no quedó abatido o entristecido, sino que le arrebató el dolor por la existencia misma del hermano y lo mató. El odio, que es el deseo de destruir algo o alguien, es también la funesta cima pasional de la envidia. Suprimir la realidad que duele es una pasión que puede transformarse en pasión política. No obstante, es necesario advertir que la ira del justo, el dolor que moviliza ante una injusticia, es solo la coartada del envidioso.
La envidia no requiere ni surge de una desigualdad injusta, sino de la simple desigualdad, ya sea en el modo de ser, en la posesión o en el reconocimiento ajeno, es decir, en la realidad. Así que la envidia supone también una toma de posición ante la realidad que la reniega y anhela cambiarla. Por eso puede confundirse y camuflarse tan facilmente con la pasión por lograr la justicia y cambiar este mundo para hacerlo más humano y menos injusto.
Así que la envidia puede infiltrase en la pasión política por la igualdad y hasta originarla. Más todavía, ¿no podría haber llegado la igualdad a ser el leitmotiv político aupada sobre el impulso de la envidia o la prudencia para su evitación? Desde las formas totalitarias de la igualdad que vestían a todos los ciudadanos de uniforme en domicilios iguales e iguales posesiones, hasta la supresión o minimización de la propiedad privada, o el no tendrás nada y serás feliz, todas esas formas políticas se mueven bajo la innombrable égida de la envidia.
Obviamente, ni la envidia ni el envidioso pueden aceptar la diferenciación entre su ardor y la legítima ira del justo. Admitirlo sería tanto como confesar que a la desigualdad o carencia padecida sin culpa alguna se le ha sumado un sufrimiento envilecido. Así que el modo más socorrido de negar la diferencia entre el odio envidioso y la justa ira es inculpar al objeto de la envidia: la desigualdad en general, o los beneficiados por la diferencia son culpables; los que la padecen son las víctimas. Para hacer justicia hay que anular las diferencias y así es como justicia e igualdad se vuelve sinónimos.
La obviedad de que la justicia requiere en muchas ocasiones la desigualdad se obvia o se legitima solo cuando es en favor de las víctimas de la desigualdad, pero no para reconocer el esfuerzo, el mérito o la excelencia: toda desigualdad de talento o dedicación se vuelve sospechosa. Más todavía, la realidad misma en tanto que origen de desigualdades se vuelve sospecha y solo el Estado generador de igualdades sin diferencias merece ser tenido por la humanización de lo real.
Esa sospecha que recae sobre la realidad (y la historia) preestatal es la potencial inculpación que requiere el pathos del envidioso: el rencor que reniega de todo lo que le hiere como diferencia criminal. Pensar que la realidad y el mundo tienen una deuda que resarcirnos, solo se puede esquivar apreciando lo recibido como una deuda impagable que nos obliga, es decir, mediante la gratitud. El agradecido vive en estado de gracia y elude la desgracia originaria del rencor como forma del carácter. Si el antónimo léxico de gratitud es ingratitud, el antónimo antropológico de la gratitud es el rencor.
Así pues, contra envidia, gratitud. Al final, eso es lo que merece la vida y este mundo al que, ciertamente, tanta falta le hace que lo mejoremos: una afirmación libérrima, es decir, gratuita. La envidia solo se sofoca en posesión de esa abundancia interior que se expresa en la gratitud, en la aprobación general que no esconde todo lo precisado de ser modificado o erradicado. Tal vez no podamos dejar de envidiar, esa es la común condición humana, pero sí es posible sofocar esa pasión que precede al odio homicida de Caín.
Afortunadamente, pocos llegan al asesinato por sus rencores justificados o envidiosos. Pero en la vida común el odio del envidioso tiene una satisfacción menor en la maledicencia. Es la forma de ensombrecer lo brillante con sugerencias o acusaciones que entenebrecen la luz ajena. Esa maledicencia es la antesala de la maldición arrebatada ya en odio. Una y otra se enfrentan con el hablar bien del agraciado, que es la antesala de poder bendecir la realidad en general, incluidas las desigualdades no injustas.
Si alegrarse por el bien ajeno no es posible siempre ni para todos, ponerse a salvo de la envidia sí que requiere hacer lo contario de lo que ésta exige, a saber, mudar la maledicencia en alabanza, y, si fuera posible, mudar la maldición en bendición. Así que, si se nos hace imposible combatir la envidia con gratitud, se puede al menos quitar nuestro consentimiento a esa pasión inevitable, alabando lo que envidiamos y al que se envidia. No es fácil, pero nadie ha prometido que la decencia ante uno mismo lo sea. Puede ayudar reparar en que quien puede bendecir está ya por eso mismo bendito, y que maldecir es signo y causa de maldición.