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Epidemias

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Vacunación contra la covid-19. / Levante-EMV

El diccionario define el término epidemia en dos acepciones principales. La primera alude a una enfermedad que se propaga durante un tiempo determinado y afecta simultáneamente a un gran número de personas. La segunda amplía el significado y lo refiere a cualquier mal o daño que se difunde de manera intensa y generalizada.

La historia de la humanidad conoce este fenómeno desde hace milenios. Las referencias bíblicas a las plagas describen episodios que, con alta probabilidad, respondían a enfermedades desconocidas para la época y que se propagaban causando dolor y muerte sin que existieran medios eficaces para contenerlas.

A comienzos del siglo XX, la llamada Gran Gripe demostró hasta qué punto un virus relativamente común podía adquirir una dimensión devastadora. La falta de tratamientos adecuados y las condiciones derivadas de la Primera Guerra Mundial favorecieron su propagación global. Las estimaciones históricas sitúan el número de fallecidos en decenas de millones de personas, convirtiéndola en una de las mayores catástrofes sanitarias de la historia contemporánea.

Más recientemente, la Covid-19 provocó una pandemia de alcance mundial. Aunque su tasa de letalidad fue inferior a la de 1918, su rápida expansión territorial generó millones de muertes y una crisis sanitaria, económica y social sin precedentes en el siglo XXI. En este caso, los avances científicos, la cooperación internacional y el desarrollo acelerado de vacunas permitieron reducir significativamente el impacto inicial del virus y controlar su expansión en un plazo relativamente corto.

Cuando relacionamos el concepto de epidemia con la salud física, lo hacemos en función de dos variables esenciales: la capacidad de propagación y la intensidad de sus consecuencias sobre la población. Sin embargo, el término también puede aplicarse a fenómenos sociales que se expanden con rapidez y provocan daños colectivos.

En los últimos años, distintos analistas han comenzado a hablar de una “epidemia” de desinformación: la generalización de la mentira, la difusión intencionada de bulos y noticias falsas, amplificada por el entorno digital, erosiona la confianza pública, polariza a la sociedad y debilita instituciones democráticas. Sus efectos, aunque menos visibles que los de un virus, pueden resultar igualmente profundos y duraderos.

Del mismo modo, el auge de movimientos populistas o de opciones ideológicas que cuestionan principios básicos del Estado de derecho no es un fenómeno nuevo, pero sí adquiere hoy una extensión global y rasgos comunes que permiten analizarlo como un proceso de propagación acelerada. Estos discursos suelen apoyarse en la simplificación extrema de problemas complejos y en la apelación emocional a sectores vulnerables de la población, generando fracturas sociales difíciles de revertir.

Otro fenómeno que algunos expertos describen en términos epidémicos y efectos devastadores, es la dependencia digital. La búsqueda constante de estímulos inmediatos, lo que en términos neurobiológicos se asocia con la liberación de dopamina, ha encontrado en las redes sociales un canal permanente. Además, la hiperconectividad, especialmente entre los más jóvenes, está modificando patrones de atención, socialización y construcción de la identidad. Aunque no se trate de una enfermedad infecciosa, su expansión presenta dinámicas similares: rápida difusión, alta exposición y efectos acumulativos

Tanto en el ámbito sanitario como en el social, las epidemias comparten una característica esencial: en sus inicios suelen ser imperceptibles o minimizadas. Precisamente cuando su control sería más sencillo, la falta de conciencia colectiva retrasa la reacción. Cuando finalmente se reconoce su magnitud, el fenómeno ya ha penetrado profundamente en el tejido social y resulta mucho más complejo revertir sus efectos.

Comprender esta dinámica es fundamental. No todas las epidemias son biológicas, pero todas comparten un elemento común: la capacidad de extenderse silenciosamente hasta convertirse en un problema colectivo. Reconocerlas a tiempo es, quizá, la mejor forma de combatirlas.


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