Un año bárbaro |
Alberto Núñez Feijóo y Carlos Mazón, en imagen de archivo. / Eduardo Parra - Europa Press
Escena de fin de año. Al salir hacia la cena festiva, la única vida en la calle es la frutería de los paquistaníes, esperando vender la última manzana del año, y el sintecho africano en su rincón de todas las noches, ajeno a campanadas, uvas y matasuegras. Es València. Podría ser cualquier ciudad española. Una estampa para entender el mundo de hoy.
Escena de inicio de año. Esos días dulces en que todo se para y se hace el silencio, solo roto por las palmas de unos centroeuropeos lustrosos al ritmo de una marcha que suena a jolgorio militar. Primer paseo con los perros. Nubes frías y sosiego en el asfalto. En el parque, un mirlo muerto tendido al sol, con el pico naranja aún reluciente y sus plumas brillantes. Se me pega al cuerpo el peso del mal presagio, la losa de los símbolos que, más allá de la razón, nos empeñamos en creer que contienen un mensaje sobre el futuro.
Intento apartar de mí determinismos, todas esas supercherías que cargamos encima, entre banderas y ritos, pero los días se empeñan en recordarme el mirlo. El año ha empezado mal para el mundo en el que creímos. El síndrome Zweig se acelera: la convicción de habitar el mundo de ayer y ser atropellado por otro que no entendemos. Que no entiendo.
Los indicios de destrucción se multiplican en pocos días.........