Apuntes para una teoría de la Great American Novel

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Pocas veces en la Historia se ha dedicado tanto tiempo a definir lo indefinible. A esa –esta– mezcla de oasis con espejismo, de lo pragmático con lo utópico, de caballo de Troya grupal con individualismo de flecha de Odiseo. Y su difuso avistamiento ya lleva lo suyo en el tiempo y el espacio. Y ya muchos bosques han sido talados en su nombre.

Aquí vino, aquí viene, aquí seguirá viniendo: la Gran Novela Americana, la Great American Novel. Ese artefacto/animal que el Nuevo Mundo enseguida asume como obliga- ción/desafío y casillero inevitable a marcar: porque ninguna gran nación puede sentirse real y no ficticiamente grande si no cuenta (si no tiene para contar) una igualmente grande ficción. Y pocas naciones nacieron con mayor vocación/intención de grandeza que los Estados Más o Menos Unidos. Ese país que, siendo grande, está siempre pensando en lo que quiere ser cuando sea más grande aún.

Y la grandiosa idea de una Gran Novela Americana implica la compañía –la luz y la sombra– de ese Gran Novelista Americano que la proyecta y la actúa, que la afirma y la firma.

Si las cosas salen bien, la obra sobrevive al autor y el título suplanta al nombre. Una Gran Novela Americana es aquella en la que la criatura se impone, frankensteinianamente, a su creador. En este sentido, si hay suerte, todo autor acaba siendo el fantasma de su obra por siempre viva. Y “¿Hay alguien ahí?” suele ser la pregunta/invocación de los mejores médiums.

Lo que nos lleva a lo del principio: a la idea de Gran Novela Americana. Algo cuyo devenir no puede ser erigido con incuestionable y consensuada estabilidad, pero que sí ha contado con cimientos firmes y de datación inamovible. El concepto y la quimera (como lo estudia Lawrence Buell en su indispensable ensayo de 2014 The dream of the Great American Novel; y el título de su voluminoso y exhaustivo ensayo es más que acertado y apropiado: porque la idea de la Gran Novela Americana está inseparablemente ligada a la de otra: la del también inmenso Sueño Americano) son inaugurados por el novelista hoy olvidado John William De Forest en un escrito de 1868. Allí, la receta de que toda gran nación debe poseer una gran literatura y una novela totémica y “pintar al alma de nuestra nación” y ser “el retrato de las emociones y modales comunes a la existencia americana”.

Y el guante y la pluma de lo de De Forest no demora en ser recogido por Henry James antes de partir a refundar la novela europea con vigor estadounidense (James, además, es el primero que, en una carta, hace mención y rotula y patenta y apoda a la “G. A. N.” y quien, también, propone uno de los primeros especímenes indiscutibles a día de hoy de La Inmensa Bestia: El retrato de una dama, publicada en entregas entre 1880 y 1881).

Antes, se sabe, los mohicanos y lacustres espacios abiertos de Fenimore Cooper y Henry David Thoreau, las primeras multitudes urbanas y epifánicas de Walt Whitman, las tensiones raciales como melodrama en La cabaña del tío Tom, la vida en familia y el efecto de la Guerra Civil en Mujercitas (en las que, en lo estrictamente novelesco, no en los versos o en lo testimonial, aún no se aprecia del todo una búsqueda y hallazgo de estilos y estéticas nacionales).

Después, enseguida, el aluvión, la avalancha, todas esas santas novelas escribiéndose, de todos esos santos que vienen marchando y escribiéndolas con una felicidad limitada porque limita, directamente, con la insatisfacción permanente, con esa Tierra Prometida nunca alcanzada y Meca apenas visitada alguna vez en la vida.

Y qué es lo que hace grande a una Gran Novela Americana, qué es lo que la hace ganar su partida y apuesta. El tamaño es importante, sí, pero no imprescindible (las incontables ediciones de El gran Gatsby rara vez alcanzan las doscientas páginas). Y cabe la posibilidad de no ser GAN de entrada y de agigantarse con el tiempo (El gran Gatsby de nuevo: nadie la consideró GAN en el momento de su salida, 1925, nadie cuestiona su ganidad desde finales de la Segunda Guerra Mundial). O, más recientemente, Stoner de John Williams. Y –de........

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