Una calculada ambigüedad
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El 20 de noviembre de 1975 se produjo, tras una larga agonía, muchos rumores y alto secretismo, el esperado “hecho biológico”, eufemismo que utilizaban los franquistas para hablar de la muerte de Franco. Diez años después, Julio Cerón Ayuso, mítico fundador del FLP (o el felipe) pronunció unas brillantes palabras: “Cuando murió Franco, el desconcierto fue grande [pausa]: no había costumbre.” Como dice Miguel Ángel Aguilar en su libro No había costumbre. Crónica de la muerte de Franco, “durante cuatro décadas se había instalado la convicción de su inmortalidad”. Pero, de pronto, el hecho biológico imposible e inevitable ocurrió.
Franco no moriría y la democracia no llegaría nunca. Y, sin embargo, en el tardofranquismo ambas cosas parecían igual de inevitables. Al leer la estupenda biografía de Suárez de Juan Francisco Fuentes que acaba de reeditar actualizada la editorial Taurus (la original era más larga y se publicó en 2011), no dejaba de pensar en lo inevitable que resultaba la democracia incluso para muchos de quienes gobernaban en la dictadura. Es la paradoja de la Transición: una mezcla de inevitabilidad y, al mismo tiempo, fragilidad. La democracia parece que llegó de pronto y por sorpresa y, al mismo tiempo, que era el gran hecho biológico-político de la época, algo escrito en las estrellas.
Si en el tardofranquismo parecía que el franquismo estaba en las últimas, lo que no estaba claro es que el responsable de la Transición fuera a ser alguien como Suárez, y no los típicos nombres que sonaban y resonaban, desde Areilza a Fraga. Solo el propio Suárez estuvo siempre convencido de que estaba destinado a algo grande: cuando el 3 de julio el rey Juan Carlos le dijo “Te quiero pedir un favor: que aceptes la presidencia del Gobierno”, Suárez respondió: “¡Por fin; ya era hora!” De joven y no tan joven decía en cuanto tenía ocasión que sería presidente. Fuentes se molesta en cuestionar ese determinismo, típico de biografías de políticos:........
