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Orgullo y vergüenza de Cuba

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29.10.2021

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El domingo 13 de agosto Fidel Castro cumplió 80 años. En la Habana, como en cualquier rancia monarquía, el cumpleaños fue celebrado como un hito de historia patria, a pesar de la convalecencia del caudillo –o más bien, a costa de la misma– y de la expresa recomendación, en la Proclama del 31 de julio, de que los festejos se pospusieran para el 2 de diciembre, fecha en que se cumplirá el 50o aniversario del desembarco del yate Granma y del inicio de la insurrección contra la breve dictadura de Fulgencio Batista. Esta vez, quienes “desobedecieron” al Comandante fueron la intelectualidad oficial de la isla y sus amigos en “el resto del mundo”, como les gusta decir a las elites habaneras, con el fin de protagonizar uno de los más tristes espectáculos de entrega afectiva e incondicional a un caudillo que conoce la historia latinoamericana, tan llena de dictadores y escribanos.

Poemas de Ángel Augier, panegíricos de Miguel Barnet, Eusebio Leal y Nancy Morejón, semblanzas de Tomás Borge, Ernesto Cardenal y Miguel Urbano Rodrigues (con títulos como “Fidel, Aquiles del comunismo”), elogios de veteranos revolucionarios (Juan Almeida, Guillermo García, Ramiro Valdés…), alabanzas de actores de Hollywood (Danny Glover, Robert Redford, Kevin Costner…), apologías de académicos altermundistas y postmodernos (Noam Chomsky, Gianni Vattimo, Inmanuel Wallerstein…) y más de cien frases laudatorias de diversas personalidades, que incluyen desde líderes del populismo clásico, como Juan Domingo Perón, hasta top models de la globalización multicultural como Naomi Campbell, pasando por magnates y políticos del “imperio” como David Rockefeller y Arthur Schlesinger Jr., llenaron las páginas de Granma, Juventud Rebelde y La Jiribilla, en una miscelánea sentimental a tono de duelo o extremaunción, titulada “Absuelto por la Historia”.

Los festejos, con toda la pompa de un ensayo funerario, continuaron durante el mes de agosto, por medio de votos a favor de la recuperación del patriarca, provenientes de todas las corporaciones del Estado cubano, a las que eufemísticamente la Constitución llama “organizaciones sociales y de masas”: mujeres, sindicatos, pioneros, intelectuales, campesinos, universitarios… Sólo a principios de septiembre, cuando tras varias apariciones con Hugo Chávez, el heredero internacional, y Raúl Castro, el heredero nacional, Fidel logró convencer a sus seguidores de que está recuperándose y reasumiendo, por lo menos, la parte simbólica de su inmenso poder, como pudo constatarse en la fervorosa Cumbre del Movimiento de los No Alineados, las celebraciones amainaron.

Aunque parezca inconcebible desde otras latitudes, muchas personas en la isla y en el mundo no sienten vergüenza, sino orgullo de que un pequeño país del Caribe sea gobernado durante medio siglo por un mismo individuo –tanto tiempo en el poder vuelve ociosa la cuestión de si el gobernante es noble o malvado– y no consideran inapropiado el exhibicionismo y la manipulación de sentimientos cristianos como el deseo de mejoría de un anciano enfermo. Esta colonial suspensión de todo juicio democrático, en el caso de Cuba, tiene que ver con la legitimidad “revolucionaria” que arropa el poder de Fidel Castro y que asume su permanencia, desde enero de 1959, como una anomalía necesaria o justificable para la “causa” de la oposición a la hegemonía mundial de Estados Unidos.

Mientras viva y aun moribundo, el caudillo deberá gobernar la isla, aunque sea “delegando poderes con carácter provisional”, porque su mandato no proviene de la voluntad general de los cubanos, sino de un mesianismo geopolítico que le atribuye la misión de enfrentarse a Estados Unidos desde una isla del Caribe. Con tal de preservar un símbolo, la izquierda autoritaria parece estar dispuesta a todo: a renunciar, si es preciso, a los valores republicanos de la soberanía popular, la libertad de asociación, el gobierno representativo y la alternancia en el poder. Esa izquierda “no alineada” del Tercer Mundo, democrática en sus discursos y autoritaria en sus prácticas, ha decidido que la persistencia de un enclave comunista a noventa millas de Estados Unidos reporta valiosas ventajas comparativas.

El caudillo y la nación

Durante los dos últimos siglos, los escritores cubanos han vivido obsesionados con la singularidad de su cultura. Cada generación de intelectuales de la isla ha intentado hallar el atributo que hace de Cuba un país único o excepcional en Occidente. A fines del siglo XIX, cuando entre criollos predominaba la esperanza de construir una nación soberana y justa, Raimundo Cabrera y Bosch, en su libro Cuba y sus jueces (1887), creyó encontrar esa singularidad en la naciente tradición jurídica de la isla. A mediados del siglo XX, otro gran ensayista, Cintio Vitier, pensó que la forma más depurada de la nacionalidad estaba impresa en el lenguaje de los poetas. Su clásico libro Lo cubano en la poesía (1958), escrito en el momento de máxima frustración republicana, se inspiraba en la certeza de que “el misterio de la isla era cantado por las voces de sus poetas”.

En el último medio siglo, e impulsados por el desencanto de la utopía........

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