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La izquierda paulina

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02.11.2021

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Existen distintas maneras de pensar la tradición conservadora del siglo XIX y su peso sobre las derechas occidentales del siglo XX. Una muy influyente en los años setenta fue la de George Steiner en la serie editorial Roots of the right en Harper & Row, en Nueva York. Allí Steiner proponía entender a los conservadores decimonónicos como maestros de los fascistas de entreguerras. Joseph de Maistre y Arthur de Gobineau interesaban como precursores de Charles Maurras y Drieu la Rochelle. Max Stirner, el brillante filósofo alemán de El único y su propiedad (1844), valía por su influencia en Alfred Rosenberg y Adolf Hitler. Gabriele D’Annunzio, no el poeta enamorado de la actriz Eleonora Duse, sino el ideólogo de la Constitución corporativista del Estado libre de Fiume, atraía por la fascinación que despertaba en Benito Mussolini.

La idea de Steiner todavía estaba endeudada con el drama de la historia europea en la primera mitad del siglo XX. Tras el horror de la guerra y el Holocausto era difícil imaginar una derecha no fascista. La Guerra Fría vino a equilibrar un tanto la balanza y, luego del Concilio Vaticano II, buena parte del catolicismo, que había sido el trasfondo doctrinal básico de las derechas occidentales, se bifurcó entre la democracia y el socialismo cristianos. La recomposición de las ideas que siguió al 68, que, en gran medida, explica el surgimiento del neoconservadurismo en Estados Unidos, más la crisis terminal de la izquierda ortodoxa estalinista y prosoviética, propiciaron una relectura creativa de la gran tradición conservadora del siglo XIX.

No es raro que junto con la articulación de la primera generación neoconservadora (Daniel Bell, Nathan Glazer, Irving Kristol, Norman Podhoretz) surgiera una nueva historiografía sobre las ideas conservadoras. Libros como The politics of imperfection (1978) de Anthony Quinton, The meaning of conservatism (1980) de Roger Scruton o Conservatism (1990) de Ted Honderich serían solo tres ejemplos de cómo el neoconservadurismo de la baja Guerra Fría propició arqueologías de las ideas conservadoras que intentaban documentar la historia de aquella corriente en la larga duración y atendiendo con mayor cuidado a sus diferencias internas.

La prédica neoconservadora generó su némesis: la última escuela de la socialdemocracia en el siglo XX, que propuso la llamada “tercera vía”. Generalmente se asocia ese proyecto intelectual y político con Anthony Giddens pero, para el tema específico de la historia del conservadurismo, tal vez convenga recordar un libro previo a los ensayos fundamentales que en la década de los noventa publicó el sociólogo inglés: The rhetoric of reaction (1991) del economista alemán Albert O. Hirschman, traducido por Tomás Segovia para el Fondo de Cultura Económica. Como Giddens, Hirschman también se peleaba con la tradición conservadora, pero lo hacía unificando a todos los conservadores, entre Edmund Burke y Nathan Glazer, en la categoría de “reaccionarios”.

Hirschman partía de la idea del “desarrollo de la ciudadanía” del sociólogo inglés T. H. Marshall, según la cual Occidente había conquistado, primero, los derechos civiles en el siglo XVIII, luego, en el XIX, había extendido los derechos políticos por medio del sufragio universal, y finalmente, a mediados del XX, se había abierto al repertorio de derechos sociales: trabajo, familia, educación, salud cultura… A cada uno de esos tres momentos correspondían oleadas de impugnación ideológica desde la derecha: Edmund Burke y Joseph de Maistre contra la filosofía de los derechos del hombre; Jacob Burckhardt y Gustave Le Bon contra el sufragio universal; Charles Murray y Nathan Glazer contra el Estado de bienestar.

El profesor de Princeton observaba en........

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