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El espectro menor de Virgilio Piñera

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14.10.2021

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Cuando Virgilio Piñera no era Virgilio Piñera sino Virgilio Piñera Llera y vivía aún en Camagüey, un poema suyo fue incluido en la antología La poesía cubana en 1936 (1937), de Juan Ramón Jiménez, editada por la Institución Hispano-Cubana de Cultura. Era Piñera uno de los poetas más jóvenes incluidos en aquella compilación, si se toma en cuenta que su año y lugar de nacimiento aparecían con dos errores: “Camagüey, 1914”. El autor de aquel poema juvenil, titulado “El grito mudo”, había nacido, en realidad, en Cárdenas el 4 de agosto de 1912.

La composición escenificaba el diálogo entre el poeta y un fantasma: “Espectro / no te interpongas / delante de mi vacío. / Dame la sangre de tu grito.”[1] Ya desde aquellos versos era legible la deuda de Piñera con Julián del Casal, su modernismo espectral y la creencia en la literatura como oficio laico y, a la vez, redentor. Piñera concluía su “grito mudo” con una profecía: los hombres serían cada vez menos libres, pero el arte, su arte, sería cada vez más sincero: “… ¡cuando lance / mi rugido de siglos / callados y dormidos, / la humanidad vencida / andará de rodillas”.[2]

Toda la obra posterior de Piñera, en poesía, teatro y narrativa, fue la escenificación de ese grito mudo. Sus poemarios Las furias (1941), La isla en peso (1943) y La vida entera (1969) cuestionaron las figuraciones líricas del nacionalismo cubano. Los relatos de Cuentos fríos (1956), El que vino a salvarme (1970), Un fogonazo (1987) y Muecas para escribientes (1987) encapsularon el absurdo de la vida cotidiana. Sus piezas teatrales Aire frío, Electra Garrigó o Jesús, reunidas en el Teatro completo (1960), y Dos viejos pánicos (1968), retrataron el tedio de las costumbres en el trópico. Sus novelas La carne de René (1952), Pequeñas maniobras (1963) y Presiones y diamantes (1967) impugnaron la mojigatería católica de las burguesías provincianas.

Por ser tan refractario a las ideologías –la liberal, la marxista, la católica–, Virgilio Piñera fue un escritor sumamente político. En sus ensayos sobre literatura cubana, Piñera hizo evidente una política en la que se yuxtaponían el reconocimiento de la homosexualidad de Emilio Ballagas, la herética defensa de Julián del Casal como único escritor “concentrado” o con “plan poético” del siglo XIX cubano, la reconstrucción de la “tragedia de la palabra” en la poesía romántica de Gertrudis Gómez de Avellaneda y la acre lectura de la novela Amistad funesta de José Martí.[3]

Es lógico que aquella asunción de la literatura como una forma del saber y el arte, liberada de toda estetización religiosa o ideológica, enfrentara a Piñera con la crítica literaria cubana de mediados del siglo XX. La concepción piñeriana de la literatura chocaba con la crítica liberal, a lo Jorge Mañach o Félix Lizaso, con la católica, a lo José María Chacón y Calvo o Cintio Vitier, y con la marxista, a lo Mirta Aguirre o José Antonio Portuondo. Su ruptura con Orígenes y la fundación de la revista Ciclón, a mediados de los cincuenta, anunciadas ya en el temprano ensayo “Terribilia meditans” (1943), personificaron en Piñera una nueva política de la literatura cubana, basada en la autonomía vanguardista del escritor, que tuvo una breve oportunidad histórica a principios de los años sesenta con proyectos editoriales como el suplemento Lunes de Revolución, encabezado por Guillermo Cabrera Infante, y la colección Ediciones R, que él dirigió hasta 1964.[4]

Habría que reconstruir con mayor detenimiento el trabajo de Piñera como editor y traductor para comprender plenamente su idea de la literatura. Es conocido, por ejemplo, que Piñera fue quien introdujo en Cuba a dramaturgos de mediados del siglo XX, como Samuel Beckett, Eugène Ionesco, Harold Pinter y Sławomir Mrożek, reunidos por él en la antología Teatro del........

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