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Benjamin no llegó a La Habana

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11.11.2021

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El 15 de julio de 1940, día del 48 cumpleaños de Walter Benjamin, Theodor W. Adorno, desde Nueva York, escribió la última carta a su amigo, por entonces fugitivo en el santuario de Lourdes. Adorno le informaba a Benjamin que debía trasladarse a Marsella para que el consulado norteamericano en ese puerto le expidiera una visa, con la cual embarcarse rumbo a Estados Unidos. Para alentar a su amigo, atrapado por la ocupación nazi de Francia, Adorno le decía que él y Max Horkheimer “no se limitaban al intento de traerle a Estados Unidos, sino que estaban probando otras alternativas. Una de ellas es la posibilidad de prestarle como profesor invitado a la Universidad de La Habana”. Una vez en esa ciudad caribeña, Benjamin podría trasladarse fácilmente a Nueva York e incorporarse a los trabajos del International Institute of Social Research.

En su respuesta a Adorno, el 2 de agosto desde Lourdes, Benjamin no pudo ocultar su alegría: en medio de la “inseguridad que traerá el próximo día” y del “derrumbamiento en el abismo”, una posible notificación del consulado de Marsella lo “movía a la esperanza”. Y agregaba: “tomo nota de su negociación con La Habana… Estoy plenamente convencido de que usted hace todo lo que está en sus manos, o más de lo posible. Mi temor es que el tiempo de que disponemos resulte ser mucho más corto de lo supuesto”. A pesar de las restricciones a su libertad de movimiento en territorio francés, Benjamin se trasladó a Marsella a mediados de agosto y permaneció en esa ciudad hasta el 23 de septiembre de 1940. El affidávit gestionado por Adorno y Horkheimer había llegado a las oficinas consulares, pero, para embarcarse, se requería un visado francés que Benjamin, como fugitivo o apatride, no podía conseguir.

Cuando Benjamin llegó a Portbou el 25 de septiembre, luego de caminar nueve horas seguidas, por la “ruta de Líster“, se encontró con que las autoridades aduanales de Cataluña exigían el mismo visado de salida francés para autorizar el tránsito por España. El jefe de la policía fronteriza tenía instrucciones de que todas las personas “sin nacionalidad determinada” fueran puestas a disposición de la más cercana gendarmería francesa. La noche de aquel día, en Portbou, el autor de Calle de dirección única (1928) se suicidó con una sobredosis de tabletas de morfina, que llevaba en el bolsillo desde Marsella y que, según le comentara a Arthur Koestler en una taberna de aquel puerto, era suficiente para matar a un caballo: “En una situación sin salida, no tengo otra elección que poner aquí un punto final. Mi vida va a terminar en un pequeño pueblo de los Pirineos donde nadie me conoce”.

La carta del 2 de agosto a Adorno está firmada en el número 8 de la rue Notre Dame, en Lourdes, desde donde Benjamin se desplazó a Marsella. Es probable que sus últimos días de cierta serenidad hayan sido aquellos que pasó cerca del santuario, esperanzado con su posible embarque hacia el Caribe. En el tono de aquella carta había un espíritu de resignación o de cristiano estoicismo –“he visto en estos últimos meses múltiples casos no ya de pérdida de la existencia burguesa, sino de derrumbamiento en el abismo, de modo que toda garantía me da un sostén que si en lo externo puede ser precario, en lo interno es menos problemático”– que es difícil no relacionar con la atmósfera de Lourdes. Es tentador imaginar la lectura que habría hecho Benjamin de La canción de Bernadette (1942), la novela que Franz Werfel escribió a partir de su experiencia mística en el monasterio, en el verano del 40, y, por medio de la misma, remontar la relación de Benjamin con el catolicismo.

Werfel, escritor perteneciente a la gran tradición de la literatura centroeuropea de principios del siglo XX (Kafka, Schnitzler, Hofmannsthal, Musil, Broch, Meyrink, Roth), que Benjamin conocía muy bien, había dedicado buena parte de su obra a bordear las fronteras entre judaísmo y cristianismo. En su relato La muerte del pequeño burgués (1927) hay una escena en que un judío, que se ha convertido al catolicismo por la presión social del antisemitismo, se arrepiente de dejar escapar, en medio de una conversación, la frase “que conste que no soy judío. Soy partidario de la Virgen Santísima”. Werfel desarrolló plenamente su interés en el catolicismo y su creencia en la traducibilidad entre confesiones judías y cristianas en el libro que dedicó a la veneración mariana de Lourdes. Allí encabezará su reconstrucción del milagro de la primavera de 1858 –su conocimiento de la época de Napoleón III era exhaustivo, como probara en la pieza teatral Juárez y Maximiliano (1924)– con la siguiente confesión: “He osado cantar la canción de Bernadette pese a que no soy católico, sino judío, y hallé el coraje para esta empresa en una promesa mía que es mucho más vieja y mucho más inconsciente.”

La última esperanza de Benjamin fue atravesar España, llegar a Portugal, país neutral en la Segunda Guerra Mundial, y desde allí viajar a Nueva York, como lograron hacerlo tantos intelectuales y artistas judíos (Marc Chagall, Max Ernst, Heinrich Mann, Hannah Arendt, Albert Hirschman y el propio Werfel y su esposa, Alma Mahler) con la ayuda del legendario editor norteamericano Varian Fry. Sin embargo, en las semanas que pasó en Marsella, durante aquel verano angustioso, la posibilidad de embarcarse hacia La Habana y permanecer algún tiempo en esa ciudad debió rondar su imaginación. Aunque Adorno se refirió siempre al “plan de La Habana” como “algo demasiado lejos de materializarse” que “no debía considerarse como una posibilidad inmediata”, en sus últimas cartas Benjamin contempló la estancia en la ciudad caribeña como una opción factible. No hay manera de documentar la fantasía habanera de Walter Benjamin, pero sí de reconstruir el proyecto tentativo de Adorno y Horkheimer de “prestar” a su amigo a la Universidad de La Habana.

En aquellos meses de 1940, mientras Benjamin vagaba por los Pirineos franceses, la política exterior cubana, en consonancia con la norteamericana, experimentó un giro sustancial frente al nazismo. Todavía en el verano de 1939, el gobierno cubano, encabezado civilmente por Federico Laredo Brú –un veterano de la guerra de independencia, negociador y melindroso– pero militarmente controlado por el entonces coronel Fulgencio Batista, había negado la entrada al buque Saint Louis, en el que viajaban 936 refugiados judíos desde Hamburgo, la mayoría de los cuales fue devuelta a Europa y pereció en los campos de concentración de Hitler. Aquella medida estuvo precedida por una intensa campaña antisemita en la prensa de la isla, encabezada por el Partido Nacional Socialista Cubano de Juan Prohías y respaldada por la colonia española franquista, que tenía a su favor el más importante periódico de la Cuba prerrevolucionaria: Diario de la Marina.

La escandalosa tragedia del Saint Louis, narrada luego por Max Morgan Witts y Gordon Thomas y llevada al cine por Stuart Rosenberg en El viaje de los malditos (1976), contribuyó a que el nuevo gobierno de Fulgencio Batista abandonara la “neutralidad” y decidiera inscribirse en la estrategia antifascista de Roosevelt. A partir del verano de 1940, el American Jewish Joint Distribution Committee de Nueva York, y su representante en La Habana, el incansable Jacob Brandon, redoblaron sus esfuerzos para lograr el arribo a Cuba de decenas de miles de judíos. Como ha estudiado la historiadora Margalit Bejarano, muchos de aquellos refugiados, en vez de seguir rumbo a Nueva York, se establecieron en La Habana, hasta que veinte años después otro totalitarismo, el castrista, perturbó sus vidas y los obligó a un nuevo exilio.

Fue en esa fugaz coyuntura de un Caribe antifascista, donde Hemingway perseguía submarinos nazis y Trujillo firmaba un tratado de amistad con Cordell Hull, que Adorno y Horkheimer pensaron trasladar a Benjamin a La Habana. Entonces las relaciones del medio universitario habanero con Nueva York eran, por demás, sumamente fluidas. El Instituto de las Españas, fundado por Federico de Onís en la Universidad de Columbia, y la Facultad de Lengua y Literatura Hispánicas de esa institución acogían a importantes intelectuales cubanos, como Fernando Ortiz y Jorge Mañach. Por aquellos años, la prestigiosa Revista Hispánica Moderna, editada en Columbia, dio a conocer en Estados Unidos a destacados escritores de la isla como Juan Marinello, Nicolás Guillén, Félix Lizaso, Eugenio Florit y Agustín Acosta.

En 1940 llegaba como representante consular a Nueva York el poeta Eugenio Florit, quien luego terminaría, como Mañach, afiliándose al Barnard College. Curiosamente, Florit, aunque nacido en Madrid en 1903, había vivido hasta sus quince años en Portbou, aquel puerto fronterizo donde se suicidó Benjamin, en el que su padre trabajó como alcalde de aduana. Los poemas del cuaderno Niño de ayer (1940), incluido en el libro Poema mío (1920-1944), se inspiraron en las mismas montañas cubiertas de flores amarillas, los mismos acantilados grises y el mismo mar azul oscuro que vio Benjamin en su última tarde. En 1940, en Nueva York, mientras Benjamin se suicidaba en los altos de una fonda catalana, Florit soñaba con el mar de Portbou: “ahora lo sueño/ azul bajo la pesca iluminada,/ azul y suave, hundido entre las rocas…/ negro en la noche acariciando tumbas/ y mármol roto en escaleras muertas,/ y columnas caídas de su altura”. Un mar sobre el que volaban pájaros insomnes que morían secretamente: “viven encálido nido/ aves de tu luz, inquietas/ por un juego de saetas/ ilusionadas del cielo,/ profundas en el desvelo/ de llevar muertes secretas”.

¿Qué ambiente filosófico habría encontrado Benjamin en La Habana de 1940? Como en Madrid, Buenos Aires, México o cualquier ciudad hispanoamericana, se habría topado con algunos lectores de Nietzsche, como Alberto Lamar Schweyer; de........

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