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Casa Rorty LXXIII: España contra la meritocracia

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08.10.2026

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Distraídos por la convocatoria de elecciones anticipadas, los participantes en la conversación pública española –de algún modo hay que llamarla– han pasado alegremente por alto un estudio sobre la percepción social de la meritocracia publicado en la revista Nature Human Behaviour. Nos alertó al respecto el sociólogo Luis Miller, quien señaló en X que el apoyo a la meritocracia entre los españoles resulta ser uno de los más bajos del mundo: andamos entre Kazajistán y Kenia. ¡Se dice pronto! Sucede que hemos hablado bastante sobre la meritocracia en los últimos años, sometida como está a la severa crítica de la izquierda académica; una crítica que ha encontrado respuesta desde la propia izquierda en Nadie merece nada, brillante ensayo de la filósofa Jahel Queralt que acaba de publicar Anagrama. Así que parece aconsejable dar crédito a esa evidencia empírica y sopesar sus consecuencias a la luz de la actualidad. Pero vayamos por partes.

Los autores del estudio son Alexander Cappelen y Bertil Tungodden, miembros de la Escuela Noruega de Economía sita en la hanseática ciudad de Bergen; su punto de partida es que el ideal meritocrático es empleado a menudo para justificar la desigualdad: quien rinde mejor nos parece acreedor de una mayor recompensa. Desde este punto de vista, la desigualdad de ingresos estaría justificada si responde a un rendimiento superior; no lo estará si es resultado de la pura suerte (brute lack) o refleja un privilegio heredado. Esta justificación conoce tres subtipos: los meritócratas aceptarían la desigualdad basada en el rendimiento y no la que proviene de la fortuna; los igualitaristas eliminarían tanto las desigualdades derivadas de la fortuna como las derivadas del rendimiento; los libertarios aceptarían ambas. Y este argumento se contrapone al que justifica la desigualdad por razones de eficiencia desentendiéndose de la justicia: solo si pagamos mejor a quien más rinde podremos motivar a los trabajadores o atraer talento allí donde sea necesario.

Pues bien, un experimento reciente a gran escala –donde el sujeto experimental es tratado como un tercero imparcial que decide a distancia cómo redistribuir los ingresos ajenos– muestra que la justificación de la desigualdad que tiene mayor aceptación en las sociedades occidentales es la meritocrática “pura”: quien más méritos presenta debe ser debidamente recompensado. Y si atendemos a las diferencias entre los sesenta países incluidos en el estudio, cuyos niveles de desigualdad y redistribución son muy distintos entre sí, se comprueba que el apoyo a la equidad meritocrática es mayor en países que son ricos, más igualitarios y más individualistas… así como en aquellas sociedades donde los vínculos familiares son más débiles y las instituciones políticas más democráticas. Resulta de ahí la previsible conclusión de que el apoyo a la justicia meritocrática está mediado por el entorno económico, cultural y político en el que vive cada cual. Claro que también puede deducirse que la redistribución se percibe como legítima cuando la desigualdad responde a diferencias en fortuna, origen social o falta de oportunidades; una redistribución que compense diferencias en talento o esfuerzo, en cambio, se ve con malos ojos.

El gráfico que expone los resultados del experimento no tiene desperdicio y gradúa el apoyo que se presta en cada país a los distintos tipos ideales descritos por los autores: equidad meritocrática, igualitarismo antimeritocrático, libertarismo ultrameritocrático. Y aunque cada lector tendrá sus preferencias, no sería descabellado afirmar que la equidad meritocrática –donde las recompensas se otorgan en función del rendimiento– ha sido característica de las sociedades más exitosas de la modernidad. Eso no quiere decir que la preferencia expresada por los habitantes de una sociedad se corresponda con el tipo de meritocracia prevalente en ella; uno puede pasarse horas analizando la correlación entre preferencias y realidades en el gráfico de marras. Pero no es este el lugar para hacerlo, ni tampoco es aconsejable desgranar en detalle los resultados del experimento. Baste señalar que España se encuentra ciertamente en una compañía singular en la parte de la tabla que reúne a los países donde menos apoyo tiene la equidad meritocrática. Es un apoyo similar al que recibe el igualitarismo; ambos están por debajo del que obtiene el libertarismo ultrameritocrático, ganador en nuestro caso. ¡Ver para creer! Por introducir algunos términos de comparación: la adhesión a la equidad........

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