Casa Rorty LXVIII: Defensa razonada de la hipocresía liberal
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Es natural que la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente del gobierno español convertido desde su salida del poder en un confuso híbrido de lobista internacional y avalista de regímenes autoritarios, haya generado reacciones de toda clase. Sin embargo, la más unánime es la que señala su hipocresía: ¿cómo puede ir dando lecciones de moralidad quien ocultaba en su caja fuerte valiosas joyas sin declarar y cobraba cantidades millonarias por facilitar oscuras maniobras políticas? Se ha citado mucho una vieja frase suya: “Ser socialista es tener poco y estar dispuesto a dar mucho”. Que él tuviera mucho y estuviera dispuesto a dar poco, descontadas sus palabras huecas sobre la justicia universal, justifica la acusación de hipocresía: porque hipócrita es quien hace lo contrario de lo que dice. ¿O no?
Quizá no; o no exactamente. Hipócrita es quien finge sentimientos, opiniones o cualidades diferentes a las realmente existentes; es, pues, quien disimula. Pero hay muchos tipos de disimulación y no todos ellos son desaconsejables; algunos disimulan para salvar la vida del prójimo y todos disimulamos a diario para evitar una discusión o ahorrarle un disgusto a quien nos acompaña. ¿Somos, en ese caso, hipócritas? Si lo somos, ¿está mal que lo seamos? Alguna vez se ha fabulado con un mundo en el que todos dijéramos lo que de verdad pensamos en todo momento; el resultado, como cualquiera puede imaginar, es poco estimulante. De ahí se deduce que la hipocresía no solo es un vicio, sino que puede ser una virtud; así titula su último libro la teórica política italiana Nadia Urbinati: L’ipocrisia virtuosa en la edición italiana de 2023 y Virtuous Hypocrisy en la inglesa del año pasado. Su lectura no solo es recomendable, sino que permite establecer una relación directa entre los buenos usos de la hipocresía y la reciente visita del Papa León XIV a España. ¡Qué cosas!
Si las paradojas de la hipocresía forman parte del repertorio de la teoría política del último medio siglo, no obstante, es gracias a otra pensadora singular: la letona de origen judío Judith Shklar. Se ocupó del asunto en Ordinary Vices, publicado originalmente en 1984 y del que Página Indómita publicó nueva edición en español –con el título de Los vicios ordinarios– hace cuatro años. En esta obra, Shklar se propone dar una vuelta a los vicios morales bajo el magisterio de Montaigne: de la crueldad al esnobismo, de la misantropía a la traición. Cuando reflexionamos sobre ellos, señala Shklar, comprobamos que nuestra cultura está formada por un conjunto de subculturas acumuladas en capas sucesivas: viejos rituales religiosos, sensibilidades étnicas, residuos ideológicos. Y de ello se sigue una conclusión realista: la democracia liberal es una receta para la supervivencia colectiva antes que un proyecto orientado hacia el perfeccionamiento de la humanidad. ¡Amén!
Shklar señala que abundan quienes consideran que la hipocresía es el peor de los vicios. Y quienes la sitúan en ese lugar la encuentran en todas partes: incluso cuando no queremos engañar a otros, sino que solo nos engañamos a nosotros mismos, estaríamos siendo hipócritas. Pero si es el caso, ¿en qué consiste exactamente la hipocresía? Originalmente era interpretar un papel en la escena y pasó a considerársela un vicio cuando el hipócrita disimulaba sus verdaderas creencias religiosas o fingía una piedad inexistente. En el marco de una democracia liberal, dice Shklar, hipocresía es el vicio del que puede acusarse al rival ideológico cuando este llega al poder y fracasa a la hora de realizar sus ideales. Irónicamente, la democracia liberal necesita de la disimulación: ¿de qué otro modo podrían alcanzarse compromisos entre quienes defienden posiciones distintas? No obstante, incluso el desenmascaramiento ideológico es una herencia del conflicto religioso; todas las sectas acusan de hipócritas al resto. Y los puritanos lo hacen con especial celo: el miedo a la condena eterna genera una cultura de la inseguridad que Shklar encuentra en el Tartufo de Molière.
Viejos y nuevos hipócritas
Será Hegel quien se pregunte qué pasa con la conciencia humana cuando Dios sale de escena y nos quedamos a solas con nosotros mismos. A su juicio, el nuevo hipócrita es aquel que asigna a su conducta intenciones nobles, desinteresadas y altruistas; convertido en juez de su propia conviencia, se absolverá de cualquier falta. Frente al exhibicionismo moral de cuño religioso, el nuevo hipócrita ha hecho de la sinceridad –¡Rousseau!– un........
