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Casa Rorty LXIII: Instrucciones para sobrevivir a la IA

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09.04.2026

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El suplemento dominical que el diario El País dedica al mundo de las ideas –aunque en la práctica suelan ser solo algunas ideas más o menos recurrentes– traía esta semana a sus páginas al filósofo Éric Sadin, interrogado por el corresponsal Daniel Verdú sobre uno de los temas del momento: la naturaleza y el impacto de la Inteligencia Artificial. Sus respuestas son características de un tipo de aproximación a la tecnología en la que se detecta la huella de la primera Escuela de Fráncfort, aderezadas con una indignación humanista de ascendencia francesa: foucaltianamente preocupado por la vigilancia que hacen posible los dispositivos digitales, Sadin acaba de publicar un libro (El desierto de nosotros mismos, traducido al español por la editorial argentina Caja Negra) en el que advierte sobre la “catástrofe civilizacional” que se nos viene encima por culpa de la IA. Es, claro, un bestseller.

Según confiesa a Verdú con unos croissants en la mano, Sadin no pudo dormir la noche del día en que ChatGPT salió a la luz. Debería estar prohibido, señala, pues amenaza con “destruir” principios tales como la sociabilidad, la dignidad, la integridad humana o la libertad: la IA generativa es, a su juicio, inaceptable. Sadin señala que la lógica correlativa de la IA hace que en ella “ocurre siempre todo lo que ya ha ocurrido”; su lenguaje apesta a muerte. Y eso es lo opuesto al lenguaje humano, sostiene, que funciona mediante una asociación de ideas de orden imprevisible: “nadie recorre el mismo camino”. Para colmo, esta vez será diferente: la IA no espiritualiza el mundo del trabajo, como hicieron las tecnologías que nos permitieron abandonar el campo o automatizar las cadenas de montaje, sino que robotiza las profesiones de carácter intelectual.

Su propuesta alternativa recuerda a aquel mundo de la libertad descrito por Karl Marx, en el que cada uno podía decidir de qué manera contribuir a la famosa “administración de las cosas” después de terminada la lucha de clases y una vez suprimida la política por ser ya innecesaria: “el futuro debería ser colectivo”, dice Sadin, “en el trabajo y en el ocio”. Y ello porque “la primera consecuencia del liberalismo no es la desigualdad, sino la muerte del espíritu”, como demostraría un paseo por cualquier oficina; es preferible organizarse en pequeños colectivos autónomos y luchar contra la mercantilización. Por eso recomienda que los jóvenes de ahora mismo se inspiren en William Morris y aprendan a hacer artesanía. Aunque proclama que “salvar el mundo de hoy depende de la conciencia de los padres”, vaticina un porvenir en el que habrá “héroes cotidianos y esclavos de su propia pereza”. El diagnóstico, libre de matices, queda claro.

Va de suyo que Sadin no es el único pensador que advierte sobre las consecuencias negativas de las nuevas tecnologías; también los científicos sociales participan mayoritariamente de una lógica conspirativa que desemboca forzosamente en el pesimismo. Por tomar un ejemplo casi azaroso, la teórica social Karoline Kalke nos habla de una “autenticidad trivializada” que resulta del neoliberalismo algorítmico –la sustancia moral de la autenticidad ilustrada habría quedado vaciada de contenido– y de una “hiperautonomía” que describe el modo en que las redes sociales y la IA promueven una autodeterminación individual desvinculada ya de cualquier obligación colectiva y dedicada, por el contrario, a expresar verdades y significados individualizados a través del branding personal. En suma: los viejos ideales emancipatorios habrían sido reemplazados por una sujeción tecnológica que nos empobrece como individuos y nos condena a vivir en una sociedad estratificada y desigual donde las aspiraciones utópicas han dado paso a los temores distópicos. ¡Menudo panorama!

Es evidente que quienes así razonan con más o menos brillantez no establecen una comparación entre el pasado histórico de las sociedades occidentales y un futuro pavoroso que entienden contenido ya en un presente inquietante, sino que toman como referencia un ideal que no ha llegado nunca a realizarse; uno que puede definirse de distintas maneras según se tome como referencia a Kant o a Marx: la ilustración gradual o la ruptura mesiánica. Porque no está claro que hayamos dejado de ser auténticos, solidarios, libres o creativos, como si esos atributos nos hubieran adornado hasta el momento y la ominosa tecnología digital –con ChatGPT y sus émulos a la cabeza– nos convirtiese ahora irremediablemente en lo contrario. Por más que Sadin diga que el lenguaje humano nada tiene que ver con las correlaciones y que todos hablamos una lengua impredecible, la realidad es un poco menos brillante: la IA generativa se nos parece en eso más de lo que quisiéramos, ya que no saber qué palabra vamos a usar a continuación en modo alguno quiere decir que la elijamos deliberadamente o que hablemos lenguajes privados e irreductibles. Y si afirmar que “el futuro debería ser colectivo” carece de un significado........

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