Por un cine sin escapatoria

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Ser aficionado al cine de terror se acerca al tormento. Pero no al que podría implicar sentarse frente a la proyección de alguna obra maestra del género. Ese sufrimiento sería bienvenido. El martirio por el que atraviesa cualquier fanático es, precisamente, la falta de tortura. Retratar el mal en la pantalla grande se ha convertido, con el paso de los años, en una labor casi imposible. Los que disfrutamos del buen cine de terror asistimos a las salas de cine esperando sólo un sobresalto, un buen susto, algo —un sonido, una imagen— que nos invite a seguir el reflejo de cerrar los ojos. Dos horas después, el resultado es, invariablemente, una decepción: me apena confesar que han pasado años desde la última vez que una cinta de terror logró estremecerme. Supongo........

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