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El hombre de un solo libro

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02.06.2022

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Para LorenaEstados Unidos: la democracia imperfecta. George W. Bush asumirá la presidencia de los Estados Unidos tras haber perdido el voto popular y sólo después de haber ganado el estado clave luego de una batalla legal de más de un mes de duración. Bush estará sentado en la oficina oval a partir del 20 de enero porque el estado de Florida, gobernado por su hermano Jeb, le dio sus 25 votos electorales.
Las historias que se cuentan sobre los trucos y fraudes antes y después de las elecciones en Florida harían palidecer a muchos países donde la democracia aún no echa raíces. Hasta los más escépticos aceptan que, de haberse contado todos y cada uno de los votos en Florida, el ganador habría sido el vicepresidente Gore. Basta nombrar algunos de los escenarios vividos en ese fatídico mes de noviembre en aquel lugar del sureste norteamericano. Miles de votantes negros (que tradicionalmente sufragan por los demócratas) no pudieron ejercer su derecho el día de la elección gracias a sospechosos problemas en distintos centros de votación. Debido a boletas de votación francamente confusas, varios cientos de ciudadanos mayores de 65 años, en condados como Palm Beach, dieron su voto al candidato de ultraderecha Pat Buchanan, mientras querían votar por Gore. Si se toma en cuenta que una gran mayoría de estos votantes son de religión judía y que Buchanan es un revisionista del Holocausto, los totales que obtuvo el candidato de derecha en esas zonas resultan absurdos. En otra de las joyas posteriores a la elección, miembros del Partido Republicano utilizaron oficinas federales para llenar solicitudes de votos en ausencia, que los favorecerían en el conteo final. Nadie supervisó esta labor. También está fuera de duda que, cuando el condado de Miami-Dade —en el que Gore tenía posibilidades de ganar cientos de votos en el recuento— estaba por revisar sus miles de boletas, una turba de republicanos entró a las oficinas e impidió el proceso. Ese grupo de partidarios de Bush, que aparentemente se había formado "de manera espontánea", estaba en realidad organizado por ayudantes de Tom De Lay, el "látigo" republicano ultraconservador de la Cámara de Representantes. Si a estas irregularidades se agrega el factor Jeb Bush y la presencia de una secretaria de Estado republicana como Katherine Harris (que hizo campaña por Bush y aún sueña con "una embajada en Europa"), el resultado es, al menos, cuestionable.
Nada de esto, curiosamente, pareció importar a las cortes norteamericanas. En los días posteriores a la elección, los abogados de Al Gore basaron su postura frente al poder judicial en un solo y poderoso argumento: que cada voto cuente. Los republicanos, en cambio, blandieron innumerables razones legalistas para evitar el recuento: que si las reglas no se pueden escribir posfacto, que si las boletas que confundieron a los votantes en Palm Beach habían sido aprobadas semanas atrás, que si el recuento manual habría sido demasiado subjetivo. Los guardias legales de Bush soltaron argumento tras argumento de esta índole para detener lo que parecía el camino de salida más democrático del laberinto: hacer un recuento de todos y cada uno de los votos en duda. Lo difícil de concebir es que la división partidista en los Estados Unidos no haya detenido su marcha en el vulgo jurídico. En la decisión que puso fin a las aspiraciones de Gore, la Suprema Corte declaró inconstitucionales los recuentos manuales. Curioso veredicto para un sistema que basa su legitimidad en el valor y el peso de cada uno de los votos del país.
Cualquiera que haya sido el camino, George W. Bush logró vengar a su padre, derrotado por la fórmula Clinton-Gore........

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