Leer mal el Quijote

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De las infinitas maneras de leer mal un libro, para la novela de Cervantes elegí las dos peores. La primera vez lo leí porque, seamos francos, cómo va uno a sentirse culto sin haber leído el Quijote. No se puede andar por el mundo de lectores y escritores corriendo el riesgo de confesar que no lo hemos leído, y qué latoso sería pasarse la vida disimulando. Hay libros que se deben palomear, ¿no es así? Por supuesto que no, pero muchas personas somos susceptibles a derramar la baba por este costado.

El camino al pozo de estrellarse en la lectura del Quijote está empedrado de opiniones vaporosas sobre la sabiduría, trascendencia y monumentalidad de este libro. Todo a su alrededor está como elevado al cubo, y cuando uno no es ducho en sacar raíces cúbicas y devolver los volúmenes a dimensiones abarcables, es capaz de leer sendos tomazos sin ver la gracia y el sentido del libro. Lampareados, cegados por el aura de un libro. Es el conocido síndrome de la Gioconda, que consiste en la imposibilidad de verla, no por culpa de las doscientas multinacionales cabezas, algunas greñudas y otras calvas, que dificultan la observación cuidadosa, sino a causa de las expectativas: la reputación de ser obra que suspende y arrebata, y si acaso usted es incapaz de reconocerlo, si no se cubre la boca en señal de asombro, será porque es muy bruto. Y así viene a resultar que la Gioconda es tan invisible como el Quijote ilegible.

La segunda vez lo leí para tratar de........

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