Cuando los mercados exigen instituciones
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En mi libro sostuve que la desconfianza es el impuesto invisible más caro de México. Lo reitero. No aparece en los presupuestos, pero encarece todo: inversión, innovación, regulación, cumplimiento, crecimiento regional. . Y en el mundo que viene, la continuidad institucional será una ventaja competitiva.
El nearshoring no se decreta: se construye. Y se puede perder si la política convierte la inversión en un ejercicio de adivinanza.
México ha llegado demasiadas veces a la antesala del desarrollo con las herramientas equivocadas. Cada generación hereda un país lleno de talento, recursos y oportunidades, pero también una cultura institucional que dificulta convertir esas ventajas en prosperidad sostenida. Hoy, cuando el mundo se encamina hacia un nuevo ciclo económico y político que tendrá en 2026 uno de sus puntos de inflexión, esa carencia se vuelve más costosa que nunca.
En mi libro Silos, celos y círculos íntimos dediqué un capítulo a una tensión persistente de nuestra historia: la relación entre el gobierno y las empresas. No lo hice desde la nostalgia por viejos arreglos ni desde la ingenuidad del mercado omnipotente, sino desde una convicción incómoda: ningún país se desarrolla sin cooperación estratégica, y ninguna cooperación funciona sin instituciones que la sostengan. Releer hoy ese argumento, a la luz de un mundo que empieza a castigar la improvisación y la complacencia, confirma que no era solo pertinente, sino urgente.
El cambio de ciclo: de la indulgencia a la exigencia
Durante buena parte de la última década, los mercados fueron sorprendentemente indulgentes. Tasas bajas, liquidez abundante y narrativas tecnológicas potentes permitieron que muchas economías –y muchas empresas– navegaran sin resolver problemas estructurales. Ese mundo se está cerrando. Los análisis que miran hacia 2026 coinciden en una idea central: los mercados dejan de premiar la narrativa y comienzan a exigir ejecución.
No se trata de pesimismo. Se trata de........
