“No soy nada cuando no escribo”. Cien años de Ingeborg Bachmann
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“Si esto no puede verse así, entonces mi libro habrá sido un error”, escribió Ingeborg Bachmann (1926-1973) sobre el mensaje que intentaba transmitir a los lectores en su novela Malina, un mensaje cuya comprensión consideraba tan necesaria que había aludido a él ya repetidas veces antes de su publicación. Lo había hecho en las numerosas ocasiones en las que había leído en público fragmentos de la única novela que llegaría a publicar en vida, en la que “se muestra por qué el Yo está enfermo, por qué la sociedad está enferma y el individuo no deja de enfermar una y otra vez debido a ello”. Sus temores resultaron del todo infundados, pues público y crítica fueron conscientes desde el momento de su publicación en 1971 de que su autora había escrito una de las novelas más originales y desgarradoras de la segunda mitad del siglo XX. Lo que no evitó, sin embargo, que los críticos iniciaran en ese mismo instante un debate lleno de controversias que, después de las más de cinco décadas transcurridas, no solo no ha cesado, sino que, en realidad, continúa, si cabe, más vivo que nunca. Se debe seguramente al hecho de que en el conjunto de la producción literaria de esta autora la experiencia vital y la expresión literaria constituyen en realidad una unidad difícil de separar, hasta el extremo de que las especulaciones sobre su vida privada han conferido al análisis de su obra un toque especial que durante décadas ha fascinado tanto a la crítica como a los lectores y que ahora, con la publicación de una buena parte de su correspondencia, está sacando a la luz aspectos inéditos que permiten una nueva visión y una nueva comprensión de su pensamiento, así como de su situación vital.
La enorme fascinación que ejerció desde un primer momento se debió seguramente al hecho de que ya muy pronto, en 1954, la prensa alemana consagró a la joven poetisa nacida en Klagenfurt y criada en el contacto entre fronteras (territoriales, lingüísticas y humanas) como la “nueva estrella en el firmamento poético alemán”, que el 18 de agosto de ese mismo año veía su imagen, como no lo había hecho hasta entonces ninguna otra escritora, en la portada del semanario Der Spiegel. En un reportaje, sugerentemente titulado “Estenograma de la época”, se la describía como representante de una generación perdida de poetas nacidos entre las dos guerras mundiales, de una generación que expresaba su sentir a través de un mundo lírico en el que los motivos más relevantes eran “[e]l luto y el lamento por todo lo perdido; la percepción de la muerte; el miedo a la extrañeza de un mundo mecanizado; el aislamiento del individuo; la hostilidad del tiempo y la redención en el sueño y el ensueño”. Elogiada por su poemario El tiempo postergado, el Premio del Grupo 47, que recibió en 1953, el mismo año de su publicación, consolidó su imagen pública como la de una autora glamurosa, que situaba su obra lírica, de rigurosa estética clásica, al margen del tiempo, aunque en realidad Bachmann había reflejado en sus poemas, igual que haría en el resto de su producción posterior, fenómenos y situaciones condicionados precisamente por el tiempo y la sociedad. Aun siendo esto así, la crítica nunca la liberó de esta imagen preconcebida, tal vez porque la propia Bachmann se encargó de mantenerla, pues se sirvió de ella en su necesidad de afirmarse en el difícil mundo cultural que rodeaba a aquellos que acababan de vivir el conflicto bélico. Gracias a esa imagen Bachmann se impuso en él sin temor alguno a las críticas, en tanto que la necesidad de escribir la llevó........
