menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Tecleo, luego existo

20 0
18.05.2026

Nombre de usuario o dirección de correo

La memoria como archivo

Nunca habíamos tenido tantas formas de conservar nuestra vida. Fotografiamos, anotamos, archivamos lo que nos ocurre. El pasado no desaparece: se acumula. Hoy se generan cantidades de información difíciles de imaginar –más de cien zettabytes al año–, impulsadas en gran medida por dispositivos que registran nuestro cotidiano de forma constante. Basta con pensar que un solo día de videos de TikTok equivale a 2 billones de libros o a 50 mil veces la información digital de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, la más grande del mundo.

Toda nuestra acumulación virtual no es neutra. Se almacena en infraestructuras concretas como servidores, centros de datos, nubes digitales, que tienen dueños, costos y condiciones de acceso. Empresas como Apple o Google ofrecen apenas 10 o 15 gigabytes de almacenamiento gratuito. A partir de cierto punto, conservar la propia vida implica pagar, a veces hasta 60 dólares al mes. La memoria se privatiza. Y con ello, también se reconfigura quién puede recordar y en qué condiciones.

En ese sentido, la externalización de la memoria es también un fenómeno político. No se trata únicamente de dónde se guarda el pasado, sino de quién lo administra, bajo qué reglas y con qué costos. La memoria, como el conocimiento, entra en circuitos de propiedad, dependencia y exclusión. Si la memoria depende de infraestructuras privadas, su acceso deja de ser universal. No todos pueden pagar por almacenar indefinidamente sus archivos ni tampoco pueden sostener esa acumulación constante de datos que exige la vida digital. La promesa de no olvidar –tan celebrada por las tecnologías contemporáneas– descansa, en realidad, sobre una economía del almacenamiento.

No solo recordar ha dejado de ser una capacidad humana para convertirse en un privilegio: eso mismo está sucediendo con otros procesos cognitivos. La concentración se ha vuelto un lujo. Mary Harrington sugiere que la tecnología está creando otra forma de desigualdad: una desigualdad cognitiva. Los niños con menores recursos son quienes pasan más tiempo frente a las pantallas –cerca de dos horas más que los de........

© Letras Libres