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La nueva cirugía imperial

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11.03.2026

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La humanidad está inmersa en una nueva Guerra fría, más ambigua y compleja que la de mediados del siglo pasado. Ya no se trata, o al menos no de manera tan clara, de una confrontación entre dos doctrinas perfectamente delimitadas, ni de dos bloques antagónicos que se observan desde trincheras ideológicas fácilmente identificables. La rivalidad entre Estados Unidos y China es más ambivalente. Es tecnológica, financiera y difícil de descifrar: una disputa por la superioridad en inteligencia artificial, cadenas de suministro, semiconductores, energía, datos, y zonas de influencia geopolítica.

Durante la Guerra fría de la segunda mitad del siglo pasado, la intervención militar estadounidense se justificó como una forma de contener la expansión del comunismo y preservar los valores de Occidente: la democracia y el libre mercado. Vietnam fue uno de los ejemplos más traumáticos de esa lógica intervencionista: una guerra librada en nombre de la contención ideológica que exhibió los límites del poder militar de Washington y dejó un país devastado. Décadas después, ya tras la caída del Muro de Berlín, las guerras de Irak y Afganistán repitieron, bajo otras justificaciones, un impulso doctrinario parecido: no solo derrotar militarmente al adversario, sino intervenir con tal profundidad dogmática que Estados Unidos pudiera modelar el orden político posterior. El problema es que la experiencia acumulada por esas invasiones dejó una lección brutal: entrar con un ejército puede ser viable, pero salir sin dejar detrás un país políticamente fracturado, una economía inviable y un tejido social desgarrado es otra cosa. Ahí comienza la parte más ardua de toda intromisión programática, aunque tenga las mejores intenciones: la reconstrucción de ruinas que a veces resultan demasiado hondas para ser reconstruidas. Como alguna vez escribió Henry Kissingeren su influyente ensayo “Central issues of American foreign policy”: “El poder ya no se traduce automáticamente en influencia”.

En Venezuela parece asomarse con nitidez, la lección aprendida por Washington después de sus grandes naufragios militares: ya no ocupar el territorio para después encabezar una costosa reconstrucción, sino intervenir de manera limitada para precipitar un reacomodo interno. La nueva prioridad hemisférica de la Casa Blanca –expresada además en un lenguaje que revive, casi sin pudor, la vieja noción de que América vuelve a ser el “patio estratégico” de Estados Unidos– encontró en Caracas un laboratorio singular. Tras la captura de Nicolás Maduro en enero, Marco Rubio quedó al frente de una hoja de ruta de tres etapas –estabilización, recuperación y transición–, mientras Delcy Rodríguez asumía interinamente el poder y Washington comenzaba a explorar una recomposición diplomática con la promesa........

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