El país de los dos gobiernos |
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Durante décadas, el gobierno mexicano creyó conocer las reglas no escritas del narcotráfico, pero hoy no puede salir del laberinto que él mismo creó. En los años ochenta, el viejo régimen todavía presumía capacidad de administración sobre el negocio criminal: contenía, repartía permisos informales y mantenía equilibrios a partir de códigos que pasaban por estructuras policiacas y militares regionales. Todo ello dependía de una presidencia imperialcapaz de ordenar desde el centro para disciplinar gobernadores y contener disputas locales antes de que se convirtieran en guerras abiertas.
Con la alternancia del año 2000, ese mecanismo comenzó a fracturarse. Al romperse la vieja verticalidad priista, sin que surgiera una arquitectura institucional capaz de sustituirla, muchos gobiernos locales se volvieron presa fácil de los grupos criminales. Los cárteles comenzaron a asociarse con estas autoridades locales para ejercer control sobre territorios completos.
Desde 2018, con la llegada de Morena al poder, la mutación parece haber entrado en una fase más perniciosa: el gobierno federal ya no ejerce plenamente el monopolio de la fuerza pública en amplias zonas del país. En ellas, los grupos criminales controlan gobernadores, condicionan presidentes municipales, influyen en nombramientos de seguridad pública y construyen redes económicas que van mucho más allá del trasiego de drogas. El resultado es la aparición de dos gobiernos superpuestos: uno formal, con oficinas, elecciones y presupuestos; y otro paralelo, armado, territorial y transaccional, que decide quién abre un negocio, quién transporta mercancía, quién puede sembrar, vender y, a veces, quién puede vivir o morir. Es cada vez más difícil distinguir dónde termina el Estado y dónde empieza el crimen organizado.
El gobierno mexicano ha respondido a esa presión invocando una y otra vez la soberanía nacional. El argumento no es menor: ningún país puede aceptar con ligereza operaciones extranjeras en su territorio ni permitir que otra potencia defina unilateralmente su política de seguridad. Pero la soberanía se vuelve una coartada cuando sirve más para rechazar la presión externa que para enfrentar la captura interna. El problema de México no es solo que Washington quiera intervenir; es que el Estado mexicano ha permitido que amplias zonas del país sean intervenidas todos los días por........