La máquina que gobierna

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El 20 de febrero de 1909, la portada del periódico francés Le Figaro publicó un documento extraordinario. No era una declaración de guerra, aunque contenía toda la gramática de un llamado a las armas. Tampoco era un programa político, aunque todos los programas políticos nacidos del hierro y la furia en las décadas siguientes beberían de él. Se titulaba “Le Futurisme”, e incluía un manifiesto de once puntos obra de Filippo Tommaso Marinetti, un poeta italiano nacido en Egipto que se había convertido en el hombre más provocador de Europa por la sola fuerza de su desprecio hacia todo lo anterior.1

Más de un siglo después, un sábado de abril de 2026, Palantir Technologies publicó en la plataforma X un resumen de 22 puntos del libro The technological republic, publicado en 2025 por Alex Karp, su cofundador y director ejecutivo. No era tampoco una declaración de guerra, aunque hablaba de poder duro y sistemas de armas con el entusiasmo casual de los hombres que nunca han sostenido un rifle –no era el caso de Marinetti, soldado en la Primera Guerra Mundial–, pero han dedicado tiempo considerable a explicarle a otros por qué los rifles son necesarios. Tampoco era un comunicado corporativo, aunque provenía de una organización con una valuación ya superior a los 400 mil millones de dólares. Era un manifiesto.

Esa palabra, “manifiesto”, debería detenernos en seco: todo manifiesto está asociado a un intento de fijar la Historia, de determinar las fronteras en las cuales sucederá lo que vendrá. Es una declaración política –incluso en el arte: Marinetti inventó los movimientos artísticos como corrientes ideológicas, dice Jonathan Jones– que se mide contra presente y pasado y pretende ser la medida del futuro. Tras Marinetti, todo movimiento que se preciara decidió que el mundo comenzaría o acabaría con ellos, y lo hizo con un manifiesto acorde.2 Palantir y los tecnofascistas, también.

La hermosa violencia de la creación

El 15 de octubre de 1908, Marinetti conducía su flamante Fiat Sport de cuatro cilindros por la Via Domodossola, en los extramuros de Milán, cuando de repente se encontró con un par de ciclistas en la ruta que le obligaron a dar un volantazo. El auto acabó en una zanja, partido al medio, pero Marinetti y sus amigos salieron de él, a los tumbos y algo magullados, pero vivos. Muy vivos. Tanto, dijo el poeta, que aquel fue el momento fundacional del movimiento futurista.

“Queremos cantar el amor al peligro”, escribiría un año después en el Manifiesto, “a la fuerza y a la temeridad”. Queremos glorificar “el movimiento agresivo”, las “bofetadas y los puñetazos”. Adoramos la velocidad, la máquina y la industria, gritaba Marinetti. Y remataba, con la claridad de los conversos, en un tono que adoptaría el fascismo directamente: “Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo–, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan y el desprecio a la mujer”.

Marinetti quería destruir el Estado. No fortalecerlo, no reformarlo: destruirlo. El suyo era un nihilismo estético disfrazado de política: la violencia como fin en sí misma, la destrucción como belleza pura. Quería inundar los museos, arrasar las bibliotecas, liquidar el pasado en su totalidad. El manifiesto de Marinetti es la primera gran aproximación a un proyecto multidisciplinario de vanguardias, dijo Serge Milan, que incluye una visión estética, política y antropológica. La genealogía intelectual de este impulso llega a Marinetti vía Georges Sorel, cuyas Reflexiones sobre la violencia, de 1908, ofrecieron una legitimación teórica de la violencia como acto creativo y regenerador, no meramente como instrumento político sino como el medio mismo a través del cual las comunidades históricas se renuevan.

La invocación futurista a la guerra como principio higiénico no es circunstancial. Marinetti dirá luego que el futurismo era una “escuela de higiene espiritual” cuya misión incluía separarse de “la cautela y la diplomacia” de los intelectuales de la época. El poeta también ve en la ciudad y la gastronomía modernas otras formas de higiene frente al retraso del campo y las cocinas rurales.3 Esa asepsia tiene intimidad con toda nueva tecnología, considerada un campo de renovación –novedad y limpieza– de prácticas tradicionales –el pasado y sus lacras de arrastre–.

Los futuristas se veían como la Italia vibrante, distante del provincialismo del pasado. Allí estaba la actividad privada –la tecnología– para probar que era posible ser mejores.   

Los futuristas se veían como la Italia vibrante, distante del provincialismo del pasado. Allí estaba la actividad privada –la tecnología– para probar que era posible ser mejores.   

Marinetti y el futurismo tenían sentido en la Italia naciente. El país apenas existía como tal desde que en 1861 el rey Vittorio Emmanuelle II lograra unificar de norte a sur un puñado de reinos separados por 14 siglos y enfrentados en muchas ocasiones por disputas a muerte. Esa Italia, a inicios del siglo XX, era todavía una mixtura de realidades. La división Norte/Sur ya existía y, marcaría a Marinetti. En el sur estaba Roma y el Vaticano y habían estado los últimos rezagos de resistencia a la unificación; en el norte estaban Turín y Milán y sus industrias metalmecánicas y automotriz, nacidas entre 1894 y 1914. Los futuristas se veían como la Italia vibrante, distante del provincialismo del pasado. Allí estaba la actividad privada –la tecnología– para probar que era posible ser mejores.   

Hay más. La crisis del racionalismo liberal de finales del siglo XIX generó una rebelión cultural que alimentó la síntesis fascista. Para Marinetti, el fascismo se proponía como renovador, como una apuesta al cambio, a dejar atrás la Italia monárquica y clerical. Muy pronto le quedaría claro que bebía de fuentes distintas que Mussolini, pero ambos hombres tenían algo en común: fueron soldados y vieron acción de verdad.4 Se reconocían en la violencia. En el fermento intelectual de Marinetti estaban además las ideas de Nietzsche –el culto futurista al individuo excepcional, el artista-guerrero que rompe con el rebaño, el hombre que crea sus propios valores por la fuerza de su voluntad, el Übermensch y su desprecio por el ressentiment democrático de la masa mediocre–. Marinetti añadió a eso la máquina. La voluntad de poder se convirtió, en sus manos, en voluntad de velocidad.5

Mussolini y Marinetti se conocieron en prisión tras las protestas en las que ambos impulsaban la participación de Italia en la Primera Guerra Mundial. Cuando el futuro Duce se lanzó a la arena política, Marinetti fue de los primeros en sumarse pues, escribiría unos años después en Futurismo e fascismo, veía a aquel movimiento vibrante, gritón y arrollador como “la extensión natural del futurismo”. El historiador político italiano Emilio Gentile sostenía que el fascismo era, en su núcleo, una religión política; una sacralización de lo colectivo que sustituyó los mitos nacionales por los trascendentes, y que encontró en el propio movimiento, en sus rituales, su violencia y su estética, el contenido de una nueva fe. El futurismo de Marinetti fue el laboratorio artístico donde esa religión fue imaginada por primera vez.

Mussolini usó la energía del futurismo mientras descartó su programa estético de vanguardia cuando le resultó inconveniente.

Mussolini usó la energía del futurismo mientras descartó su programa estético de vanguardia cuando le resultó inconveniente.

Hay varias razones para esa unión, y la tecnología y la estética son sustantivamente partes de ellas. Walter Benjamin, en su ensayo de 1935 “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica”, identificó el mecanismo fundamental: el fascismo convierte la política en estética. En lugar de abordar las condiciones materiales de las masas –las relaciones de propiedad, las estructuras económicas, los antagonismos de clase– el fascismo les da a las masas la oportunidad de expresarse, de participar en un espectáculo de poder a cambio de que no alteren nada sustancial. Benjamin citó la glorificación que hacía Marinetti de la guerra en Etiopía como la instancia más pura de esta lógica: la experiencia de la destrucción colectiva estetizada en un espectáculo sublime.

Marinetti coescribió el “Manifiesto de los Fasces Italianos de Combate”, documento fundacional del fascismo italiano,  junto al líder sindicalista Alceste de Ambris. El Partido Futurista que Marinetti había creado un año antes fue absorbido por el movimiento fascista de Mussolini al año siguiente. La relación entre ambos hombres fue compleja, contenciosa y asimétrica: Mussolini usó la energía del futurismo mientras descartó su programa estético de vanguardia cuando le resultó inconveniente.

Palantir: poder duro y creencia blanda

En abril de 2026, Palantir Technologies –empresa de análisis de datos e inteligencia artificial cuyos clientes incluyen al Ejército de los Estados Unidos, la agencia de control de inmigración ICE, las Fuerzas de Defensa de Israel y las fuerzas armadas de Inglaterra– publicó su manifiesto de 22 puntos. La respuesta inmediata incluyó diagnósticos académicos precisos. Mark Coeckelbergh, profesor de Filosofía de los Medios y la Tecnología en la Universidad de Viena, lo describió sin muchas palabras: era un ejemplo de “tecnofascismo a simple vista”.

Es cierto, Palantir y Marinetti no son el mismo animal –en varios sentidos pueden ser tan opuestos como un perro y una ballena–, pero la sustancialidad del manifiesto de Marinetti excede a la empresa de Karp y Peter Thiel, el otro cerebro –y mayor bolsillo– de la compañía: el fascismo clásico se da la mano con el neofascismo militarista de Silicon Valley.

Marinetti operaba desde la superestructura cultural, provocando desde afuera al poder político. Karp y Thiel operan desde el centro del poder económico global. La rabia del futurismo era la rabia del que quiere renovar todo pero primero llama a incendiar los palacios. La postura de Palantir es la arrogancia del que ya ganó: una corporación cotizada en bolsa, con contratos multimillonarios con el Pentágono, que declara públicamente cuál debe ser el orden del mundo.

Palantir es el nuevo capitalismo –monopólico, subcontratista del Estado y rupturista con el viejo capitalismo industrial– que ha aprendido a hablar el lenguaje de la grandeza civilizacional.

Palantir es el nuevo capitalismo –monopólico, subcontratista del Estado y rupturista con el viejo capitalismo industrial– que ha aprendido a hablar el lenguaje de la grandeza civilizacional.

Marinetti era contradictorio en su relación con el capitalismo: despreciaba el utilitarismo abúlico de los burgueses pero tenía adoración por la producción de sus fabricantes e ingenieros. Sus enemigos eran ciertas formas de la institucionalización del pasado –desde los museos y las bibliotecas a los tenderos, los rentistas, los hombres grises del comercio– pues concebía un industrialismo privado con liderazgo estatal –de allí su primer amor por el fascismo. Palantir es el nuevo capitalismo –monopólico, subcontratista del Estado y rupturista con el viejo capitalismo industrial– que ha aprendido a hablar el lenguaje de la grandeza civilizacional.

Marinetti quería destruir el viejo Estado italiano para reemplazarlo por la fusión del movimiento con el Estado. Palantir quiere fortalecer el Estado, pero solo el Estado que sirva a sus fines. Mientras Marinetti lanzaba bombas a las instituciones de la vieja Italia desde su atalaya modernista de Milán, Palantir se metió en el Estado. Es “Alien”: captura el organismo, usa su sangre y lo canibaliza para reproducirse. El manifiesto de Karp parece defender repúblicas, ejércitos, tradiciones religiosas y al mismo Occidente; en rigor, es una reconfiguración de qué se entiende por democracia, república, Occidente, y la fe. No es nihilismo sino conservadurismo tecnológico. Una revolución neofascista que coopta al Estado con la idea de que una casta superior –los tecnólogos– pueden resolver los problemas del mundo y que los demás –viejas empresas, burocracias, la política, nosotros– deben apartarse. Esas son las bombas de Marinetti en el siglo XXI: no se incendian las bibliotecas; se apropian de ellas y redefinen su........

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