Infantino es el menor de los problemas de la FIFA
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La escena es patética. El equipo español acaba de dominar a Argentina después de 120 minutos y está listo para levantar la copa cuando se cruza en escena el cuerpo obeso de Donald J. Trump para cumplir su amenaza premundialista: aparecer en la foto del campeón del mundo. Tan bien como mueve a un contrario, Rodri dirigió con la mano sobre la espalda al invitado indeseado hacia el costado del grupo, donde Trump se plantó. Y ahí viene la parte más estólida: Gianni Infantino, ese ser humano sin columna vertebral, atraviesa el tablado corriendo en puntitas de pie como el valet que quiere ahorrarle a su amo un bochorno e intenta arriar a Trump por el brazo, nada más para ver cómo el abominable anfitrión ha decidido quedarse a que la apoteosis sea también suya. Trump permanece unos segundos plantados hasta, quién sabe por qué –quizás porque incluso él es capaz de saber cuándo está fuera de lugar– se retira siguiendo la sonrisa indeformable del vendedor de autos usados que preside la FIFA.1
¿A quién sirvió todo esto? Trump e Infantino entraron al MetLife Stadium quizás con la idea imperial del saludo debido al gran patrono nada más para encontrarse con abucheos y chiflidos desde las plateas y las populares. Todo el mundo vio por TV al rey desnudo que quería capitalizar la mayor fiesta global. Infantino ha sido el cómplice perfecto de un acuerdo odioso que hipermercantilizó el juego y generó decenas de polémicas –precios, presiones, patrocinios, destratos, reventas, la mar en coche. Tanto es el encono con la FIFA, tanta su historia de opacidad y tan recientes sus escándalos de corrupción, que incluso las decisiones equivocadas o juiciosas –en especial de los árbitros– se tiñeron de la misma mancha escarlata que ha ensuciado al Vaticano del fútbol por más de medio siglo, desde João Havelante y Sepp Blatter hasta, ahora, el invertebrado moral Infantino.
La imagen final del valet Infantino tratando de salvar la cara del amo Trump revivió la pregunta subyacente al enojo colectivo: ¿es posible reformar a la FIFA o la FIFA es, estructuralmente, la clase de organización que produce este tipo de escenas como quien produce calor por fricción, o sea, como efecto colateral inevitable de su propio funcionamiento? Más concretamente, ¿es el mundo, al menos, capaz de transformar la gestión del fútbol en un sistema más transparente?
Es posible, es difícil. Pero, en cualquier caso, de conseguirse, Infantino es apenas un problema moral. Lo de FIFA no es personal sino sistémico. No cambias al Vaticano cambiando solo al Papa.
Apenas iniciado el Mundial, hubo otra escena que mostró, por contraposición, cómo FIFA es una organización del poder que emplea el futbol para acumular más poder e influencia global, y tal concepción hace más difícil cualquier arresto de cambio.
En marzo de 2026, en la ciudad turca de Antalya, Infantino entró con su traje impecable al vestuario de la selección de Irán después de un partido eliminatorio para prometer que su equipo tendría “las mejores condiciones posibles” para jugar en Estados Unidos en medio de la guerra. Era otra promesa de vendedor de autos usados: haré todo lo posible para que usted tenga lo que desea no significa que, en efecto, tendrás lo que deseas. El técnico, Amir Ghalenoei, se vio luego en plena Copa del Mundo con su equipo reubicado de Arizona a Tijuana por una decisión de la administración Trump que definió quién era bienvenido y quién no –una categoría tan exclusiva que sólo comprendió a Irán–. El país anfitrión los trató de forma muy injusta, dijo Ghalenoei. Como si a alguien le importase.
La necesidad de reformar FIFA tiene importancia ahora, ya terminado el Mundial –el más grande de la historia, 48 selecciones, 8 partidos hasta la final, con entradas cuya reventa general tocó los 4,185 dólares, siete veces el precio de Qatar 20222– porque el Mundial es, entre otras cosas, el momento en que la maquinaria administrativa de la FIFA queda más expuesta al ojo público y, paradójicamente, el momento en que menos le importa a la FIFA lo que ese ojo público piense, porque ya cobró. FIFA tiene cuatro años para decidir cómo le presentará al mundo la Copa y el negocio. La ventana para actuar es más corta.
Claro, el asunto es que, primero, a la FIFA tiene que importarle cambiar y abandonar el gatopardismo. La asociación ha sido sospechada de participar o tolerar corrupción por décadas y eso ha abonado la discusión sobre su gobernanza. Roger Pielke Jr., politólogo de la Universidad de Colorado, publicó en 2013 un artículo donde identificó los seis mecanismos posibles de rendición de cuentas –jerárquico, fiscal, legal, de mercado, entre pares y reputacional– donde FIFA tendría que dar respuestas y exhibir transparencia: en ninguno, sugirió, actuaba entonces con fuerza suficiente. Mucho de eso no ha cambiado todavía hoy.
Para que algo suceda, sostuvo Pielke Jr., cualquier reforma real tendría que........
