Cuerpos rotos y tiempos difíciles: la poesía mexicana reciente

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Empecé a querer escribir bajo el influjo de la narrativa, como quizá la mayor parte de la gente que escribe: los cuentos de Animorphs, las novelas de Stephen King y la saga (de la que abjuré pronta y sabiamente en el cuarto libro) de Harry Potter fueron las primeras cosas en las que pude aterrizar una imaginación personal, una sensibilidad que me dijera “a esto quiero dedicarme en el futuro: a contar historias”. Sin embargo, a medida que he crecido y mis formas tanto de leer como de escribir se han sofisticado con la tristeza y la experiencia de la vida humana, descubro que lo que en realidad me interesa de la escritura nunca ha sido el argumento de las palabras que escribo o leo. Más bien, y antes que nada, mi interés personal es la misma escritura: la forma en que se acomodan las palabras para que, a través de ese acomodo, se presente cierta sensibilidad, cierto tono, cierta atmósfera o “realidad”. Más que una curiosidad narrativa o un interés por las historias, lo mío es un gusto por obsesionarme con el lenguaje.

Al darme cuenta de esto tiene más sentido que, después de años de escribir cuentos en la infancia y en la adolescencia, terminara escribiendo poesía y –peor aún– escribiendo sobre poesía. Para mí, el poema es el punto cero del lenguaje: un espacio experimental en el que caben todas las cosas y, al mismo tiempo, un lugar en desequilibrio en donde solamente caben dos alternativas: que el lenguaje que se utiliza en la escritura funcione, toque las proverbiales fibras del “ser”; o, por el contrario, sea un cúmulo efectista de expresiones que nadie crea y se desmoronen de inmediato. La llave maestra de la poesía o, al menos, el secreto para aproximarse a ella de una manera crítica es saber que hasta los mejores ejemplos de la disciplina son ambas cosas al mismo tiempo: en la escritura lírica, como en la vida misma, no se da gusto a todos por igual.

Es en esta línea de pensamiento, también, que se ha hecho patente mi incomodidad con el estado de un constructo al que se le da por llamarse “poesía mexicana”. Orillados como estamos a las expectativas de una becósfera que privilegia ciertos modos de hacer de la escritura lírica (al ver el libro como producto y no como obra), y de una división sectaria entre grupúsculos que promueven una visión polarizada del arte, la perspectiva sobre la poesía mexicana que se me presentó durante los primeros años de escribir fue mayormente hostil y aburrida: trataba de todo menos de la poesía misma. Y no es que hubiera pura mala escritura, tampoco: por cada Peces de piel fugaz, Las correspondencias, Arcadia o Cuadernos contra el ángel hay diez o veinte libros que adquieren proyección usando los mismos recursos, convirtiendo la poesía mexicana de un terreno fértil a una cueva de expresiones que reflejan otras expresiones. El conceptualizar la escritura desde el taller, el grupo y la retórica del “maestro”, que se ha impulsado por los espacios institucionales de la literatura desde la segunda mitad del siglo XX, dio lugar a una maquinaria burocratizada de replicación y aburrimiento.

Dadas estas condiciones, el hartazgo que me dio J. K. Rowling con lo plano de su escritura y la falta de imaginación lingüística con que impulsaba su imaginación arquitectónica termina por nublarme aportaciones estéticas de pensamientos que, acaso, si no estuvieran contenidos por este ecosistema, podrían hacer cosas mucho más interesantes. Y esto también se entiende: ser joven en el siglo XXI es aterrador por sí mismo, más aún si uno ejerce el combo explosivo de ser joven y artista al mismo tiempo. La precariedad en que habitamos es........

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