Entrevista a Norman Manea. “La distancia entre la utopía y la tiranía es muy pequeña”

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Lo mucho que Norman Manea (Bucovina, 1936) tiene de duende acaso explique su capacidad de sobrevivir al totalitarismo del siglo XX. En el ensayo, en la novela y en el cuento (La guarida, El regreso del húligan, El sobre negro, Payasos, Felicidad obligatoria, El té de Proust, La quinta imposibilidad), el escritor rumano ha enfrentado al fascismo, al antisemitismo, al comunismo. Vive en Nueva York desde 1986 y a fines del año pasado estuvo en Guadalajara para recibir el Premio FIL. De nuestra charla, ocurrida bajo la sombra de un Donald Trump llegando y de un Fidel Castro al fin muerto, recuerdo sobre todo su ligereza y su empatía. Cuando dijo que, siendo viejo, acabará por irse para dejarnos a solas con nuestros problemas, le creí. Pero no se ha ido Manea, escribirá algunos otros libros esenciales todavía. La audacia de su duende, con su sonrisa, aparecerá aquí y allá, donde sea necesario enfrentar a la tiranía y a su falsa enemiga, la utopía. Pertenece a una tradición literaria dominada por los extremistas geniales. Por ello su camino, como el de Benjamin Fondane y Mihail Sebastian, ha sido solitario, como el de aquellos liberales. Pero por más devaluada que se encuentre la palabra, debo decir, si importa, que de mi encuentro con él salí con esperanza.

Lo conocí, querido Norman, en 1990, durante el Encuentro Vuelta, que se dio en un momento singular: a menos de un año de la caída del Muro de Berlín y poco antes de la disolución de la Unión Soviética. ¿Cómo se compara el mundo de ese entonces, cuando se desmoronaba el edificio socialista, con el momento que vivimos hoy?

Esa conferencia fue un suceso extraordinario, en parte porque fue el primer gran evento internacional donde surgió el valor para debatir el comunismo y el futuro. Discutimos acerca de lo que había ocurrido durante el nazismo en Europa, cuando las esperanzas de mucha gente fueron súbitamente aniquiladas y la guerra y la revolución las destruyeron también. Durante el Encuentro Vuelta, la izquierda mexicana nos llamó “los nuevos intelectuales fascistas”, pero éramos solo personas que nos oponíamos al comunismo después de comprender la naturaleza del sistema. En los diarios se leía que era “el fin” de la historia, el fin de la ideología, el fin de todo. En tanto la gente viva tendrá ideas –esto es, ideologías– y tendrá conflictos y esperanzas. Así que no era el fin ni de las ideologías ni de la historia, porque poco después la historia comenzó otra vez, con nuevos problemas. Ahora vemos que la gran apertura del siglo XX, que esperábamos traería el fin de las sociedades totalitarias de la izquierda, ahora tiene su contraparte, su contrarreacción: la gente quiere refugiarse en su hogar, en su país, en su lengua. Temen un mundo más diverso y complejo. El resultado del plebiscito del Reino Unido, una las democracias más importantes y longevas, refleja un rechazo de Europa. El Brexit fue una gran sacudida y es la tendencia en muchos otros países: replegarse, aislarse, quedarse en el terreno propio y esperar que esa sea la mejor solución.

Para mí, el mejor ejemplo de la globalización es la aspirina. Tener una aspirina que funciona para todos es una cosa, pero es absurdo tener una aspirina rumana, una francesa y una mexicana. No veo ninguna razón por la cual debamos dejar de colaborar y cooperar en este mundo tan complicado. Una reacción, como la que vemos hoy, trae consigo muchos efectos negativos, tanto ahora como en el futuro cercano.

En México, con la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, ¿estamos en una situación similar a la de la caída del Muro de Berlín? A mí me parece que la posición de los liberales se desplazó al mismo bando de los viejos comunistas y los viejos antiliberales. Parece que es necesario pelear en el espacio de un frente común. Cuando llegó el fin del comunismo en Rumania los liberales tuvieron que trabajar con mucha gente: desde antiguos fascistas hasta anticomunistas, ¿no es así?

En 1989, Rumania fue el único país en donde hubo un conflicto armado, muy distinto a lo que sucedió en otros países socialistas, donde la transición fue más bien pacífica. En la República Checa, incluso en la República Democrática Alemana, no hubo un conflicto militar como el de Rumania, donde el dictador y su esposa fueron fusilados. En un primer momento yo quería volver a Rumania, mantenía correspondencia con mis amigos que vivían en Occidente y en algún momento nos planteamos regresar, aunque decidimos esperar un poco. Muy pronto vi que los retratos de los comunistas fueron sustituidos por los de la derecha nacionalista. No necesitábamos ese cambio, necesitábamos una transformación hacia una sociedad más abierta y democrática, y si aún no era posible, debía postergar la vuelta. Hablo de Rumania, aunque es probable que esto haya ocurrido en muchos otros países: en 1944, cuando el Ejército Rojo entró en Rumania y cambió el sistema –de una monarquía a un Estado socialista–, el Partido Comunista tenía apenas mil miembros en un país de veinte millones. En 1989, cuando el sistema comunista colapsó, el Partido Comunista de Rumania tenía cuatro millones de miembros, pero no podías encontrar ni a mil comunistas de........

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