El México onírico de Le Clézio

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Dicen que hay dos clases de franceses, los que no conocen México y los que sí lo han visitado. Entre estos últimos, donde son inmensa mayoría los entusiastas, por buenas y por malas razones, de nuestro país –al grado de que muchos lo toman por país de adopción– destaca Jean-Marie Gustave Le Clézio (Niza, 1940), Premio Nobel de Literatura en 2008 y tenido por ser “el más mexicano de los autores franceses”, al decir de sus editores de Gallimard.

El libro importante sobre México de este “exota”, como definía Victor Segalen a quienes hacen de la vida entre extraños una vivencia compulsiva y existencialmente perdurable, más allá de lo turístico y de lo pintoresco, es El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (1988). Es algo más que un treno por el mundo vencido y humillado en 1521 y, aunque no es precisamente una obra original, explora una tesis muy difundida, cuyos puntos débiles y cuyos puntos sólidos forman parte, qué duda cabe, de la (mala) conciencia de Occidente desde el siglo pasado, la cual persiste, acaso con mayor fuerza, en lo que va de nuestra centuria.

Curiosamente, el mejor Le Clézio es el que se aleja de lo universal y de lo moderno (y por ello Diego y Frida, de 1993, escrito con buena voluntad, es inocente y errático, siendo su peor libro, bueno solo para turistas distraídos) y se decide a ejercer de exota, enamorado de Rimbaud y de las curiosas consecuencias implicadas en toparse con él, como en La cuarentena (1995) o en esas fiebres por la isla Mauricio, el África azul o del reinado de Zizispandaquare, que hacen de El buscador de oro (1985), de Desierto (1980) o de La conquista divina de Michoacán (1985), novelas y ensayos que parecen el feliz resultado de una mutación del orientalista Pierre Loti y de algún arabista como Louis Massignon.

La llamada “Conquista de México”, en realidad, comenzó por ser el hundimiento de la majestuosa ciudad de México-Tenochtitlan merced a la alianza de un destacamento de andaluces, extremeños y castellanos comandados por Hernán Cortés, quien representaba al imperio multinacional, amén de católico, de Carlos V. El audaz capitán se alió con los tlaxcaltecas y otros reinos circunvecinos para engañar y sitiar a los odiados aztecas, quienes dominaban el Valle de Anáhuac desde el siglo xiv y cuyo imperio estaba en decidida expansión cuando ocurrió la infausta pero temida llegada de aquellos remotos invasores.

Subrayo “temida” porque, más allá de la discusión bizantina de qué tanto influyeron augurios y profecías nefastas en las fallidas argucias, según algunos, o en la pusilanimidad, según otros, de Moctezuma II frente a Cortés y su gente, Le Clézio certifica, con toda razón, que, como pocas, las religiones mesoamericanas (la azteca pero también la maya y la llamada “tarasca” que el nobel francés conoce muy bien gracias a sus días como profesor invitado e investigador en El Colegio de Michoacán, en Zamora, al amparo de Luis González y González)1 eran fatalistas. Se concebían, como hubo de descubrirlo de Occidente Paul Valéry ante la Segunda Guerra Mundial, como civilizaciones mortales.

La posibilidad cíclica de su desaparición estaba enraizada en el pensamiento mesoamericano y aun en el de los pueblos de Aridoamérica, también estudiados en El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, de tal manera que Le Clézio se pregunta, no sin compunción, cómo se habría desarrollado la espiritualidad de los aztecas de no haber sido arrollados por el catolicismo, religión a la cual se convirtieron, de grado y de fuerza, los mesoamericanos, a diferencia de lo ocurrido más al norte, donde las recurrentes revueltas de los seminómadas algunas veces tomaron un cariz de restauración apocalíptica de los antiguos dioses.

La pregunta que se hace Le Clézio permea toda la idea, llamémosla culpígena, de los occidentales frente a la conquista de México, en contraposición a la noción tradicionalista........

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