El fin de la innovación retrógrada
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Los estilos suelen sobrevivir como muertos vivos: que José María Heredia ponga fin a la innovación retrógrada no implica la desaparición del neoclasicismo, cuya resistencia a lo largo del siglo XIX fue numantina –faunos decrépitos en jardines desolados ante la vejez de las ninfas, que resultaron, como las civilizaciones, mortales y hasta sifilíticas– como lo ha estudiado José Miguel Oviedo, el sagaz y veterano crítico peruano. Véanse como vestigio, por ejemplo, de antigüedad moderna los calendarios de ferretería y tiendita miscelánea ilustrados por Jesús Helguera en el siglo pasado. Todavía tendremos que leer a la segunda generación de árcades, la de Joaquín Arcadio Pagaza e Ipandro Acaico. Pero esa es otra historia, no la de la innovación retrógrada, sino la de la obsolescencia, que también es historia literaria.
Con Heredia y con Manuel Payno se acaba, insisto, la innovación retrógrada: a partir de ellos se podrá ser un malo, un pésimo imitador de los románticos, como lo fueron muchos de nuestros decimonónicos. Pero lo serán por compartir el espíritu de su tiempo y no por ignorarlo. Ya no será necesario viajar, treinta, cuarenta años hacia el pasado en busca de munición para pelear la batalla en el presente o al menos para protegerse con parapetos antiguos de lo moderno. Ya no serán los escritores mexicanos ni del todo ingenuos ni del todo sentimentales.
El regreso al pasado para saltar hacia el futuro dejará de ser la pirueta habitual en la rutina de nuestros principales escritores, concluido el período de la innovación retrógrada (el concepto lo expuso Villemain en 1840). Pero hemos de regresar a la ciudad de México y ver qué pasaba en aquellos días de 1839, cuando murió Heredia, y toparnos con la autoconmiseración de los muchachos que llevan un par de años haciendo un anuario –El Año Nuevo, órgano informal de la autoproclamada Academia de Letrán–, que pide permiso para existir. Según el divertido Fernando Tola de Habich, aquello pasó de ser una tertulia pobretona a un grupo mimado por el prestigio de los poderosos, bien vigilado por veteranos de la Guerra de Independencia como Andrés Quintana Roo, pésimo poeta aunque defensor intransigente del derecho de El Nigromante a su palabra atea, y por los Dioscuros José Joaquín Pesado y Manuel Carpio, un político y un médico que, no contentos, salmistas, con excavar la Biblia en busca de la poesía que su país en desgracia no les daba, proyectan y montan con sus propias manos una maqueta de Jerusalén que asombra a la piadosa ciudad y a sus poetas.
De cerca los vigila “el primer crítico”, el conde de la Cortina, don José Justo Gómez, quien en realidad usurpa el lugar de ese candidato fallido a mexicano que fue Heredia para sus contemporáneos. Bonachón y limitado, el conde ha viajado por Europa como familiar de Fernando VII y alguna historia de la literatura española lo registra por sus tareas de traductor, sueño que a Heredia no se le hizo aunque el cosmopolita –por sus lecturas, por su avidez de historia universal– fue el cubano. Aparece después, para tomar nota de todas sus obras, Francisco Pimentel, el ecléctico, a la vez positivista y conservador, que escribe en 1885 la primera Historia crítica de la literatura y de las ciencias en México. Tratadista mostrenco, fue un buen crítico y por ello, como suele ocurrir, lo despreció la mitad de los escritores y poetas, esos “románticos sin romanticismo” como los llamó, certero y severo, Luis Miguel Aguilar.
Podrá parecer al lector iconoclastia necia la mía, la de sobajar, pedante póstumo, a la Academia de Letrán, pero me temo que la filología estaría de mi parte. De ella solo sabemos, por el momento, lo que Guillermo Prieto ha querido contarnos en sus adorables pero infieles Memorias de mis tiempos, publicadas póstumamente en 1906. Algún apunte previo, obra de Prieto y algún otro de Payno, se publicó antes y, aun confiando en la “leyenda urbana” –al cronista Fidel, su célebre pseudónimo, le habría gustado la denominación–, esa fundación simbólica de la literatura nacional es más útil para entender el mundo posterior al fusilamiento de Maximiliano, a El Renacimiento de Altamirano en 1869 y Díaz, que a la literatura mexicana de la primera mitad del siglo. Los letranistas ocultan no solo a Heredia y sus revistas, sino que se avergüenzan, no sin buenas razones, de ser un desecho del imperio español. En El Año Nuevo, su anuario que dura, como la Academia, hasta 1840, se presentan los poetas –porque genuinamente lo son– como menesterosos copistas de un romanticismo europeo del que saben poquísimo y así lo muestra el primer ensayo autocrítico de nuestras letras, “Un coplero mexicano del siglo XIX”, de Rodríguez Galván. Han olvidado a sus clásicos y el México previo a la Guerra de los Pasteles (donde el general Santa Anna se convierte en don Antonio-pata-de-palo) no invitaba a otra cosa que a salir por Veracruz en misión larga y remota. En el infortunado caso de Rodríguez Galván, la escapatoria terminó semanas después en La Habana debido a un fatal vómito prieto.
Más tarde, Prieto se solaza en presentarlos pobrísimos a él mismo, adoptado por la Patria para probar su honradez, y a Rodríguez Galván, el mejor formado de todos, no en balde coime de librería. Se mueren pronto Rodríguez Galván, en 1842, y el charro rico, horrendo dramaturgo aunque liberal cabal y militante, Fernando Calderón, en 1845. Si a Rodríguez........
