Bastante paraíso XXIII. Aventuras en la notaría
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Siguiendo coherentemente con nuestros bandazos y giros inesperados que romperían la continuidad y el raccord de pretender buscarlo, dos días después de volver de Pamplona (12 horas de viaje, pensando que quizá debíamos ir pensando en que nuestra vida en el mar estaba llegando a su final) fuimos a ver la casa junto al mar, y pocos días después hicimos la transferencia con la señal de compra. Al principio todo fue muy rápido: concesión de hipoteca, etc., en navidades dimos la noticia a nuestras familias. La madre de mi novio solo repetía: “dos años, dos años decían que se iban y mira”. “Sí que te gusta Andalucía”, me dijo una amiga. “Sí que te gusta el sur”, me dijo mi hermano. Una casa en la playa siempre es una casa en la playa, pensaba yo muy joséluiscuerdanamente. En fin, ¿no había visto nada más entrar el cartel de La fiera de mi niña y en francés? Siendo esa mi película favorita y tan afrancesada no podía dejar pasar por alto la señal que claramente me mandaba el universo. Y debajo, el volumen de los cuentos completos de Mercè Rodoreda en catalán, llamándome yo como me llamo por una novela suya. Tampoco quise hacer mucho hincapié en esos argumentos magufos, que en mi familia hay mucho científico y racionalista y no son amigos del pensamiento mágico. De la madre de mi novio mejor que se ocupara su hijo. Yo aproveché para irme al cine en sesión matinal –la peli de........
