Verde y nada más

En febrero, el amanecer en el pueblo convalece lentamente de la noche. No se despierta con el chillido de un despertador, sino con el susurro de un pañuelo que se desdobla al salir de la caja. La luz aquí no elimina la sombra, sino que la emborrona en las nubes hasta fundirse en una penumbra gris como el hormigón armado, ese que tantos edificios en este pueblo industrial dejan al descubierto. Son edificios fuertes, pero sostienen el peso de un cielo para el que no fueron diseñados. Buscas el contraste en los árboles, pero, ya sin hojas, solo te pueden ofrecer los tonos grisáceos de sus cortezas. Te vale.Entonces la ves. Una palmera........

© La Voz de Lanzarote