La burbuja influencer empieza a hacer "pop"
No sé exactamente en qué momento pasamos de seguir a personas interesantes en internet a contemplar catálogos de ofertas con piernas, pero era bastante evidente que aquello no podía durar eternamente.
Durante años se nos vendió la figura del influencer como una revolución de la comunicación. Personas aparentemente normales capaces de conectar con miles o millones de seguidores sin necesitar una televisión, una revista o una productora detrás.
Y funcionó. Precisamente porque parecían normales. Hasta que dejaron de parecerlo.
El problema comenzó cuando algunas cuentas dejaron de tener publicidad para convertirse directamente en publicidad con cuenta de Instagram.
Hoy alguien te recomienda el champú que casualmente le ha cambiado la vida. Mañana descubre unas vitaminas absolutamente revolucionarias. Pasado mañana encuentra el colchón definitivo. El jueves aparece el sérum que llevaba buscando desde que salió del útero y el viernes te explica que nunca había probado unas croquetas semejantes.
Una existencia llena de revelaciones. Todas con código de descuento.
Y parece que el público empieza a cansarse.
Una encuesta difundida recientemente señala que el 69,8 % considera que los influencers abusan de la publicidad encubierta, mientras un 61,9 % percibe sus publicaciones como mayoritariamente promocionales.
Pues hombre, tampoco hacía falta llamar a Sherlock Holmes.
Cuando alguien pasa de contarte su vida a intentar venderte cinco productos antes del desayuno, quizá empiezas a sospechar que aquella maravillosa relación de cercanía tenía bastante más departamento de marketing de lo que parecía.
Pero hay otro elemento que siempre me ha fascinado de este fenómeno: las chorradas.
Porque junto a creadores con muchísimo talento -que los hay y sería absurdo meterlos a todos en el mismo saco- hemos elevado a la categoría de celebridad a personas cuyo extraordinario mérito consistía en enseñarnos qué habían desayunado, abrir paquetes delante de una cámara, grabarse entrando en un hotel o explicarnos durante doce minutos cómo habían organizado un cajón.
Y millones de personas mirando. Debo reconocer que como experimento sociológico tiene........
