¿Vocación o esclavitud?

Hay palabras que, de tanto manosearlas, acaban perdiendo su verdadero significado y se convierten en una mentira. Vocación es una de ellas. Se la esgrima siempre y desde todas partes con solemnidad pero también como reproche. Y, en no pocas ocasiones, es utilizada como la coartada moral perfecta para justificar los abusos que, con otro nombre, nadie se atrevería a defender. La vocación es, en general, el amor a tu profesión, y conlleva no ser dependiente del mismo porque cuando sucede esto último lo que tenemos es esclavitud.

La vocación no tiene por qué ser un martirio escondido en el sacrificio impuesto por otros, ni debe ser la resignación perpetua a unas condiciones laborales deprimentes. No consiste en aceptar sin rechistar sobre aquello que la ley no exige. La vocación, en su sentido más elemental y honesto, es profesionalidad. Ser profesional es cumplir con el deber del puesto, respetar los principios morales y éticos que lo encarnan y ejercer las obligaciones que conlleva con rigor, compromiso y dignidad.

Todo lo demás es una adulteración interesada del concepto. Y es que conviene dejar claro una cosa: cuando se le pide a un trabajador más de lo que marca la norma y, ante su negativa, se le acusa de falta de vocación ‒entre otras cosas‒, no se está apelando al compromiso y el deber,........

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