Pequeña crónica de un país remendado
Cada vez que en España el cielo se desploma, el monte brama, las vías férreas sufren una pequeña rotura o la tierra se abre, el guion de la tragedia se repite con una precisión casi milimétrica. Llega el desastre, se suceden las promesas institucionales sobre el barro y la ceniza o delante de los hierros retorcidos y la lava, y el debate público encalla en el callejón de siempre: buscar culpables en la naturaleza, en la mala suerte de una pieza que se rompe o en el radar de turno. El cambio climático, con sus temperaturas desbocadas y sus temporales feroces, así como la innegable actividad geológica de nuestro suelo, son aceleradores obvios. Pero nos engañamos si les achacamos toda la responsabilidad. La meteorología y la geología pueden encender la mecha, pero es nuestra falta de prevención la que acaba dictando la magnitud de la catástrofe. Porque en España la previsión no........
