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Los plastas

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Pancracio Celdrán define al plasta como coñazo, pesado, persona latosa que con su insistencia saca de quicio (sic). No sé si hay una proliferación de plastas o soy yo que los tolero peor. El pesado, el plasta de toda la vida, es aquel que te detiene en la calle para desglosar, con una minuciosidad de entomólogo, las últimas vicisitudes de su vida. Lo que define al pesado no es solo lo que dice, sino el espacio que usurpa. El silencio es para ellos un vacío legal que deben llenar con insistente verborrea. No entienden que la comunicación humana es un baile de sístole y diástole, de escucha y palabra. El pesado habla para saber que existe; necesita el eco del otro para confirmar que no se ha disuelto en la nada. El encuentro con el plasta deja una fatiga peculiar, un agotamiento de las mucosas del espíritu que solo se cura con una buena dosis de soledad o la compañía de una mascota, que al menos tiene la decencia de ignorarnos con elegancia. El plasta es aquel que te quita la soledad sin darte compañía.

Al final, uno aprende a desarrollar mecanismos de defensa: la mirada perdida, el «ajá» robótico, el paso acelerado. Al pesado, con toda la compasión del mundo, habría que explicarle que la brevedad no solo es el alma del ingenio, sino también el mayor de los respetos hacia el prójimo. El plasta no es una patología, es un destino manifiesto. No cuenta anécdotas, administra condenas. Su memoria es selectiva: recuerda perfectamente el detalle, pero olvida sistemáticamente que ya te lo ha contado seis veces.

Hay plastas que confunden una charla distendida con una conferencia magistral. Si mencionas que te duele algo, él te explicará todo lo concerniente al tema mirando al horizonte mientras habla, como si leyera un teleprompter universal. El plasta sabe mejor que tú cómo debes vivir. Si estás soltero, te busca pareja; si tienes pareja, te explica por qué tu relación es un desastre tóxico. Te arregla la vida en un pispás agotador. La existencia del plasta es una patología de la convivencia: El plasta no conversa, coloniza. El plasta olvida que la palabra es un puente, no un monólogo, obviando que la auténtica elegancia mental reside en saber cuándo callar para dejar que el otro exista. Para el plasta, el otro no es un interlocutor, es una oportunidad. La única defensa es huir, un suspiro melancólico, un «marcho que te tengo que marchar» y salir corriendo. Advertencia: si después de leer esto no identifica a nadie así en su entorno, cuidado. El plasta podría ser usted.


© La Voz de Galicia