La saeta y la samba |
Pasé la Semana Santa en Castilla y he comprobado que hay algo de naufragio colectivo en esta insistencia nuestra por convertir el rito en espectáculo, la herida en purpurina. No lo digo con el ánimo del censor que añora el cilicio, sino con la perplejidad del observador que ve cómo la Semana Santa se nos está escapando por las costuras para mutar en un carnaval de primavera.
El cambio no es sutil. Antes, el silencio era la arquitectura que sostenía el paso de las imágenes; un silencio denso, que obligaba a la introspección. Ahora, el silencio es un estorbo que la algarabía de la «experiencia turística» se apresura a rellenar.
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