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Termina uno e inicia otro año y nuestra Brújula Existencial está recalculando …

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06.01.2026

Por Mariano Palazzo (Enero, 2026)

En enero del año pasado, como por otro lado fue la constante durante los doce últimos meses, acompañamos a la Federación de Asociaciones Ítalo Venezolanas (FAIV) en lo que fue bautizado con el nombre de Gira Andina 2025. Un recorrido que, partiendo de la Ciudad Capital (Caracas), pasando por la Ciudad Jardín (Maracay), atravesando la Capital Industrial (Valencia) y la Ciudad Cordial (Puerto Cabello) para hacer nuestra primera parada en la Ciudad que honra la memoria del Rey (San Felipe) V, para luego seguir por la autopista Cimarrón Andresote para llegar a la Ciudad Crepuscular (Barquisimeto) donde algunos más se sumarian a la comitiva peregrina. De allí nos fuimos hasta la Ciudad de los Portales (Carora) sede de la única marca de vinos venezolana (hasta donde sabemos) donde aprovechamos para visitar el Club Torres, fundado en 1898, y que según cuentan es el club social más antiguo que aún se mantiene activo.

 

Nuestro navegador virtual de Google Maps, recalculando ante cualquier desviación, nos iba indicando siempre la ruta a seguir, de esta manera nos enrumbamos hacia La Puerta de los Andes (Valera) con un ligero desvío por esta Tierra de santos y sabios hacia la cuna natal (Isnotú) de quien, pocos meses después, sería canonizado como el primer santo venezolano, allí recibí otro gran regalo de mi amigo “Bombillo” que aún conservo conmigo. El tiempo en el santuario transcurrido fue literalmente un “buen” rato y reconfortados terminamos nuestro recorrido diario pernoctando en la misma Entrada a los Andes Venezolanos (el pueblo de La Puerta) que llevo muy dentro de mi corazón porque allí, durante la madrugada del 22 de abril del 2007, el mismo día cuando se celebra a la Madre Tierra, fumé mi último cigarrillo, acabando de una vez por todas con ese terrible vicio que tanto daño hace, regalándome seguramente muchos años de vida más.

 

 

Al día siguiente, bien temprano por la mañana, luego de un delicioso chocolate caliente tomado en la plaza, comenzamos a transitar por la sinuosa carretera que nos llevaría hasta la Ciudad de los Caballeros (Mérida) atravesando la hermosa Sierra de La Culata y la aún más impactante Sierra Nevada que esta ruta engalanan, donde se encuentran los picos más altos del país, cuyas cumbres dieron origen a la Leyenda de las 5 Águilas Blancas, poema escrito por Tulio Febres Cordero, publicado el 10 de Julio de 1895 en un número del periódico El Lápiz (fundado en 1885), para relatar el origen mitológico de los cinco grandes picos con glaciares de Venezuela.

El profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andes (ULA), Jorge Luis Ávila Núñez, en su muy interesante trabajo: Las Cinco Águilas Blancas originales de la leyenda de Tulio Febres Cordero, publicado en el número 42 de la revista de historia: Procesos Históricos, julio-diciembre 2022, reseña que, en un escrito de 1928, el autor del poema revela el misterio de cuáles son las famosas 5 cumbres andinas:

 

 

Cinco águilas blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco águilas blancas enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían sombras errantes sobre los cerros y montañas.

¿Venían del Norte? ¿Venían del Sur? La tradición indígena sólo dice que las cinco águilas blancas vinieron del cielo estrellado en una época muy remota.

Eran aquellos días de Caribay, el genio de los bosques aromáticos, primera mujer entre los indios Mirripuyes, habitantes de Ande empinado.

Era la hija del ardiente Zuhé y la pálida Chía; remedaba el canto de los pájaros, corría ligera sobre el césped como el agua cristalina, y jugaba como el viento con las flores y los árboles.

Caribay vio volar por el cielo las enormes águilas blancas, cuyas plumas brillaban a la luz del sol como láminas de plata, y quiso adornar su coraza con tan raro y espléndido plumaje. Corrió sin descanso tras las sombras errantes que las aves dibujaban en el suelo; salvó los profundos valles; subió a un monte y otro monte; llegó, al fin, fatigada a la cumbre solitaria de las montañas andinas. Las pampas, lejanas e inmensas, se divisaban, por un lado; y por el otro, una escala ciclópea, jaspeaba de gris y esmeralda, la escala que formaban los montes iba por onda azul del Coquivacoa.

Las águilas blancas se levantaron, perpendicularmente sobre aquella altura hasta perderse en el espacio. No se dibujaron más sus sombras sobre la tierra.

Entonces Caribay pasó de un risco a otro por las escarpadas sierras, regando el suelo con sus lágrimas. Invocó a Zuhé, el astro rey, y el viento se llevó sus voces. Las águilas se habían perdido de vista, y el sol se hundía ya en el Ocaso.

Aterida de frío, volvió sus ojos al Oriente, e invocó a Chía, la pálida luna; y al punto detúvose el viento para hacer silencio. Brillaron las estrellas, y un vago resplandor en forma de semicírculo se dibujó en el horizonte.

Caribay rompió el augusto silencio de los páramos con un grito de admiración. La luna había aparecido, y en torno de ella volaban las cinco águilas blancas refulgentes y fantásticas. Y en tanto que las águilas descendían majestuosamente, el genio de los bosques aromáticos, la india mitológica de los Andes moduló dulcemente sobre la altura su selvático cantar.

Las misteriosas aves revolotearon por encima de las crestas desnudas de la cordillera, y se sentaron al fin, cada una sobre un risco, clavando sus garras en la viva roca; y se quedaron inmóviles, silenciosas, con las cabezas vueltas hacia el Norte, extendidas las gigantescas alas en actitud de remontarse nuevamente al firmamento azul.

Caribay quería adornar su coroza con aquel plumaje raro y espléndido, y corrió hacia ellas para arrancarles las codiciadas plumas, pero un frío glacial entumeció sus manos: las águilas estaban petrificadas, convertidas en cinco masas enormes de hielo.

Caribay da un grito de espanto y huye despavorida. Las águilas blancas eran un misterio, pero no un misterio pavoroso. La luna oscurece de pronto, golpea el huracán con siniestro ruido los desnudos peñascos, y las águilas blancas se despiertan.

Erizanse furiosas, y a medida que sacuden sus monstruosas alas el suelo se cubre de copos de nieve y la montaña toda se engalana con el plumaje blanco.

Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida. Las cinco águilas blancas de la tradición indígena son los cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve. Las grandes y tempestuosas nevadas son el furioso despertar de las águilas; y el silbido del viento en esos días de páramo, es el remedo del canto triste y monótono de Caribay, y el mito hermoso de los Andes de Venezuela”.

 

 

En el trayecto realizamos la parada obligada en el Collado del Condor, el punto a mayor altura de la carretera Trasandina, en medio de ese páramo nos tomamos otro chocolate bien caliente para contrarrestar los 5° Centígrados que hacían en ese pico; a partir de allí comienza el descenso para llegar a nuestro primer destino del día donde, luego de un exquisito almuerzo, tomar nuevamente la carretera para llegar a la Ciudad de la Cordialidad (San Cristóbal) que estaba de fiesta porque se celebraba a San Sebastián y el calor fraternal que recibimos, sin duda alguna, le hizo honor al epónimo con el cual es conocida esta capital fronteriza.

La anécdota de ese día es que en el trayecto final nuestro Navegador de Google Maps se desconfiguró y........

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