Hace 105 años nació el “Chamo Candela” Brígido Iriarte
Por Luis Carlucho Martín
Víctima de los torrenciales aguaceros, en aquella Caracas de los años 60, la pista de atletismo del estadio Nacional de El Paraíso se hacía un lodazal. Imposible para el uso de los atletas. Aquellos carriles perdían la delimitación porque se homogeneizaban en un denso mar achocolatado. Puro barro. No se podía entrenar, mucho menos competir.
Pero la inventiva, sagacidad, instinto y ganas de mejorar de Brígido se hacía presente. Sin necesidad de girar instrucciones, ponía a girar al personal obrero a su cargo. Apenas con una mirada o una imperceptible señal, la eficaz estrategia, acaso ensayada previamente, se ponía en práctica. ¿Qué vaina es esa?, se preguntaba la gente. Con trozos de goma espuma toda la cuadrilla a su cargo –nómina de la Dirección de Instalaciones Deportivas del IND– absorbían los múltiples pozos creados por la lluvia. De manera coordinada iban achicando la feroz inundación. Pero faltaba secar totalmente la pista para demarcar nuevamente los carriles y dar paso a los atletas.
Como de la nada, aparecían varios galones de gasolina –abundante en esos días– y se esparcían, tramo a tramo, hasta cubrir los 400 metros del óvalo que en un santiamén ardía en candela, hasta lograr el secado total.
Así como lo lee. Don Brígido Iriarte, empírico pero efectivo en sus tácticas y estrategias.
Fue un fenómeno dentro y fuera de las pistas. Como atleta, como entrenador, como trabajador, como padre de atletas, como figura pública, como solucionador de entuertos que otros generaban pero que él siempre resolvía. Y, quizás en uno de sus mejores roles, como amigo.
Una vez seca la pista en su totalidad, marcaba los carriles y quedaba apta para la sagrada actividad del músculo.
Así lo relató, como si lo estuviera viviendo nuevamente, Franco “El Coqueto” Gil, fondista y posteriormente entrenador de beisbol menor, que en sus días de activo atestiguó esta y otras curiosas soluciones de Don Brígido.
Hay quienes aseguran que esa táctica fue copiada de varios entrenadores de caballos en el extinto hipódromo de El Paraíso. Pero aclara uno de sus hijos, Ramón Iriarte, multiatleta y futbolista de los mejores que ha parido el país: “Eso lo aprendió mi papá en uno de sus viajes a Estados Unidos, cuando fue a especializarse como coach deportivo. A esa acción, aquí le agregó sus instintos, y era infalible. Secar la pista con candela no era ninguna técnica sino una solución improvisada que él perfeccionó junto a su grupo de trabajo, porque siempre supo trabajar en equipo, fundamental para obtener el éxito, ganarse el respeto con trabajo y dejar sembrado su nombre tal como lo logró”, aseguró Ramón con visible añoranza.
Peligro. Gasolina. Fuego. Jamás hubo accidentes que lamentar. Siempre triunfó el ímpetu y las ganas de hacer bien las cosas para que jamás se detuviera el atletismo, una de las máximas pasiones de esta polivalente figura que además destacó en beisbol clase A con los equipos El Trébol, Buses de El Valle y el popular Urbanos; y también en su prolija carrera como futbolista de primera división con las oncenas Fomento, Taurino y el histórico San Bernardino.
Retirado como atleta y como entrenador, Iriarte, singularmente destacó como jefe de instalaciones deportivas. Conocía cada centímetro y cada rincón del Estadio Nacional porque, literalmente, por más de 20 años vivió en sus entrañas, junto a su esposa Doña Aída Navarro y sus hijos Alicia ( ), Romelia, Ramón, Rafael “Fito” y Daniel. –De allí se mudaron a un apartamento que le entregó en comodato el gobierno de CAP, pero con sus prestaciones........
