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Intimidad en la luz

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26.07.2020

Las tardes en Bruselas cada vez son más cortas a medida que se acerca el invierno, pero el concierto programado esa tarde en el Museo Moderno de Pintura animó a un selecto grupo de admiradores del célebre violinista Eugène Ysaÿe. Todos esperaban escuchar con expectación la sonata para violín y piano en la mayor que César Franck le escribió para el día de su boda. El músico de Lieja la incluyó en todos sus conciertos a partir de ese momento.

La sala del museo estaba repleta de personajes de la alta sociedad belga. Las mejores joyas estaban en la primera fila donde las esencias competían por dilatar las narinas de los caballeros allí presentes. Pero todas las miradas se concentraban en la bella figura de la joven Otilia que hacía su presentación informal en un acto de sociedad con una cuidad puesta en escena. Sus cabellos cobrizos recogidos en un sencillo peinado exponía el esplendor primaveral que recorría la delicada piel del cuello y los hombros, cuya palidez competía con los suaves tonos rosas del vestido. Sentada de una manera recatada, las perlas que adornaban la blusa eran lo suficientemente elegantes para dar un respiro a la contemplación de la noble adolescente. A su lado se sentaba su tío Jean Louis, un rico banquero de la ciudad que vivía con tanto entusiasmo la música que solía sentarse sobre el dorso de sus manos para evitar ser el primero de la audiencia en aplaudir, lo que ya empezaba a ser irritante para los asistentes que paladeaban los segundos en los que las últimas notas de cada partitura se extinguían.

La calidad del concierto ofrecido por Ysaÿe y la pianista Léontine Marie Bordes-Pène se reflejaba en los rostros del auditorio que, maravillados por la música, disfrutaban de las telas expuestas en las paredes de la magna sala de exposiciones. Cuando un programa es tan exquisito, normalmente el público no desea que finalice. Esa tarde todo era distinto ya que al final de la velada estaba........

© La Verdad


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