En el Siglo VIII, ante el miedo inminente a la llegada al fin del mundo, Occidente se vió arrebatado por la necesidad de la humanidad de tener una misión. Correctio la llamaron y tenía por finalidad hacer que las personas en el poder hicieran lo que que correspondía: poner en orden el desorden, dar luminosidad a lo sucio. Mi apreciación de Sebastián Piñera vino desde ahí: sentir que venía a poner en orden lo que estaba errado.

De eso se trató su vida. Espero de que eso también se trate su muerte.

No pertenecí a su círculo inicial. Ni siquera fui parte de su primer gobierno. Sin embrago tuve el privilegio de trabajar con él y de que confiará en mi y lo que parece más extraño, de ser el candidato presidencial que representó su continuidad en tiempos en que muchos buscaban negarlo. Y sigo como antes, orgulloso de haberlo representado. En el recuerdo quedarán esas conversaciones sobre la decepción de los políticos de su sector que lo abandonaron en medio de la crisis, yendosé a la oposición. Y de la perplejidad de una oposición que en la crisis no supó estar a la estatura de la nación para construir acuerdos y caía seducida por la violencia. En la historia quedará lo trascendental: fue él uno de los artíficies de la construcción del mejor país en que vivimos hoy.

Primero porque trajó a la centroderecha al lugar que nunca debió haber abandonado: la democracia y la seriedad. No tuvo miedo a saber que el verdadero lugar de una centroderecha moderna era asentada en los valores democráticos y respaldada de la seriedad. No tuvo miedo a votar que No o a perseguir la complicidad activa o pasiva con la vulneración de los derechos humanos. Sabía, además, que la mejor forma de hacer justicia era siendo eficiente al gobernar y que cualquier concesión autoritaria o seducción de la violencia terminaría en más inequidad. No toleró por un segundo que se malgastaran los recursos de chilenos que cuidaba el fisco y nos exigió que cada peso se justificará y que cada ley se sustentara en contenidos técnicos. Segundo, porque sabía que su verdadero juicio lo haría la historía, no por la simpatía que generara cada decisión o declaración. No tenía miedo a hacer lo impopular si era lo correcto. La respuesta estos días se la dio la porfiada realidad: son las personas comunes y corrientes quienes lo juzgan bien, son los que están saliendo a las calles a despedirlo. Y a decir gracias. Saben que el posnatal de seis meses, la ley Zamudio, la PGU, el matrimonio igualitario, el aumento de las enfermedades cubiertas por el AUGE, la inauguración de 27 hospitales, el programa Elige Vivir Sano, el IFE, el Fogape, los vacunas y la gestión de salud en pandemia, y un crecimiento económico promedio del 3.8% en sus dos administraciones son su legado. Ellos saben que Piñera quería hacer lo correcto.

Su vida deja una huella indeleble: para gobernar se requiere algo más que buenas intenciones. Se requiere acciones. Cómo decía el viejo Bernardo Leigthon, “los principios se difunden con palabras y se ratifican con hechos”. Y en los hechos Piñera hizo más por la democracia que muchos de sus detractores: le dio viabilidad a través de la alternancia en el poder, le dio sustentabilidad a través de la gestión del acuerdo del 15 de noviembre de 2019 y le dio credibilidad a través del funcionamiento de las instituciones y el Estado de Derecho en emergencias. En mi caso, además, dejó una huella imborrable por una razón: nunca me pidió un carnet de militancia o de adhesión. Sólo me exigió: ser el mejor, dar lo mejor, hacer lo mejor. Se que muchas veces no estuve a la altura, pero se que valió la pena sólo intentarlo. Muchas veces no estuvimos de acuerdo, pero es un orgullo saber que cada debate o discusión siempre tuvo que ver con el bienestar de Chile.

Su muerte también debería tratarse de pedir perdón para engrandecer la política y el servicio a Chile. No sólo de homejearlo por ser un ex Presidente, sino de que muchos que lo injuriarón hasta el hartazgo o intentaron sacarlo del poder, no hagan cómo que nada pasó. El actual Presidente y muchos otros cayeron en la trampa de la polarización cómo herramienta de la degradación. Y eso requiere una explicación. Los tiempos de reconciliación también tienen que ver con pedir perdón por el daño que le hicimos a nuestra democracia. Y la muerte, muchas veces también con una resurrección: en este caso de nuestras formas cívicas y valores republicanos. Su muerte debe tratarse exactamente de eso. De cómo una democracia en crisis es capaz de resarcir sus errores y horrores. Ojalá el principal legado de Sebastián Piñera sea que un espíritu de Correctio inunde nuestra política.

Sebastián Sichel, abogado, ex ministro de Desarrollo Social y ex candidato presidencial.

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Columna de Sebastián Sichel: “Correctio” Sebastián Piñera

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07.02.2024

En el Siglo VIII, ante el miedo inminente a la llegada al fin del mundo, Occidente se vió arrebatado por la necesidad de la humanidad de tener una misión. Correctio la llamaron y tenía por finalidad hacer que las personas en el poder hicieran lo que que correspondía: poner en orden el desorden, dar luminosidad a lo sucio. Mi apreciación de Sebastián Piñera vino desde ahí: sentir que venía a poner en orden lo que estaba errado.

De eso se trató su vida. Espero de que eso también se trate su muerte.

No pertenecí a su círculo inicial. Ni siquera fui parte de su primer gobierno. Sin embrago tuve el privilegio de trabajar con él y de que confiará en mi y lo que parece más extraño, de ser el candidato presidencial que representó su continuidad en tiempos en que muchos buscaban negarlo. Y sigo como antes, orgulloso de haberlo representado. En el recuerdo quedarán esas conversaciones sobre la decepción de los políticos de su sector que lo abandonaron en medio de la crisis, yendosé a la oposición. Y de la perplejidad de una oposición que en la crisis no supó estar a la estatura de la nación para construir acuerdos y caía seducida por la violencia. En la historia quedará lo trascendental: fue él........

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