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No te salves, Colombia

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Hace unos días, en un podcast con María Jimena Duzán, Paloma Valencia reflexionó sobre un poema, No te salves, de Mario Benedetti, a propósito de estas elecciones. No te quedes inmóvil. No te llenes de calma… El poema es un grito contra la cobardía de vivir a medias, escondidos detrás de imaginarios cómodos. A días de las presidenciales, ese grito nos interpela.

Mariana Palau, fundadora de Empírico, explicaba en una presentación reciente* que la emoción del votante pesa más que el argumento: nace de mitos colectivos, de arquetipos que cada candidato encarna y que los votantes sienten cercanos o ajenos. Los colombianos intentamos salvarnos dentro de un arquetipo —una forma de rendición que puede costar caro—. No hay debates ni fogueo de ideas; hay soluciones todopoderosas, lugares comunes que protegen el mito. Y nosotros, en una conmoción dirigida por algoritmos, navegamos entre prejuicios que nos susurran: tranquilo, sálvate.

I. El que salva cuidando

Claro que puedes salvarte, colombiano. Pensarte sin sangre y juzgarte sin tiempo. Convencerte de que la historia hay que reinventarla y reiniciarla, que no hay legados, ni instituciones, sólo agite. Como repite el heredero, Cepeda.

El arquetipo de Cepeda es el cuidador. El protector de los vulnerables, el hombre que ha dedicado su vida a las víctimas. Tranquilo, colombiano incomprendido, que hay uno igual a ti. Que ninguna élite ha tenido en cuenta en doscientos años.

Las palabras de Cepeda son calculadas, escritas con rigor enfermizo. Lee despacio para no exponer su lánguida espontaneidad. Escribe para que sus eufemismos encuentren asidero en las arenas movedizas de su crónica ambigüedad: el hostigamiento de sus adeptos a una familia es un acto cultural; un joven de la primera línea que agrede a un policía es un revelador político organizado. Pero con todo y cautela, su discurso........

© La Silla Vacía