Receta para una guerra civil |
A algunos les parecerá que la propuesta cepedo-petrista de convocar a una asamblea constituyente es lo más natural del mundo. Al fin y al cabo, la posibilidad está ahí, en la misma constitución. Uno de los numerosos mecanismos de reforma de la carta del 91 es precisamente la convocatoria del constituyente primario en asamblea para modificar total o parcialmente la norma fundamental de la nación.
Pero quien piense eso, en la actual coyuntura política, es un ingenuo. De estos hay bastantes en las oenegés biempensantes. Esas mismas que han hecho una carrera estirando la constitución como un caucho para acomodar sus particulares caprichos ideológicos.
Lo que pasa es que ahora la iniciativa reformista no es para acomodar la última causa mascota del wokismo. No se trata de incorporar los derechos de alguna minoría olvidada, o de algún sector de la población excluido. Que los campesinos sean sujetos de derechos (como si no lo fueran ya, al igual que cualquier ciudadano de la Republica) o que la naturaleza tenga personificación, por ejemplo.
Es para destruir la democracia liberal y para perpetuarse en el poder.
Recientemente Carlos Vicente de Roux recordó en su cuenta de X que hace unos 15 años, en un corrillo previo a una sesión del Comité Ejecutivo del Polo Democrático, uno de los asistentes planteó la siguiente pregunta: “Y si llegamos al poder y luego perdemos las elecciones, ¿lo entregamos? La respuesta, según de Roux, vino rápidamente de otro de los presentes, quien hoy ocupa un alto cargo nacional: “ni guevones que fuéramos”.
Pues a eso es a lo que nos enfrentamos. A un grupo de personas que nunca compartieron los valores democráticos. Esto explica su incomodidad con........