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El árbol y la máscara: antología de columnas sobre el gobierno Petro

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01.08.2026

Gustavo Petro, como presidente, podría ser un árbol. Al menos así lo sugiere el retrato oficial que dejó en la galería de arte presidencial: de cuerpo entero, sembrado en el lienzo, sentado con la pierna cruzada sobre una silla de madera oscura, tallada y mullida, que lo acomoda con holgura. 

El pie izquierdo descansa en el suelo, como una raíz; el derecho, cruzado sobre la rodilla, queda suspendido en el aire, fuerza contenida de la diestra. Viste de blanco santero —camisa de guayabera y pantalón holgado, sin corbata ni protocolo—, con sus manillas simbólicas en cada muñeca, hilos de promesa y de protección, y sostiene en la mano izquierda un lápiz amarillo, de filósofo o de profesor sin más cuaderno donde escribir que el lienzo de su propia épica. 

La imagen se mueve a medio camino entre la pintura naíf —en el trazo ingenuo del paisaje, en la desproporción suave de la figura— y el busto oficial —en la mirada frontal, serena, consciente de la cámara y de la Historia—, calzado, eso sí, con una zapatilla deportiva blanca que contrasta con las canas de un cabello abundante producto de un elaborado implante y de un rostro templado, pleno, firme, pero sonriente, e iluminado de frente aunque el sol quede a su espalda: como si fuera un ser de luz que se alumbra a sí mismo, bajo la excepcionalidad histórica que la imagen narra en un solo instante. 

Tres mariposas amarillas revolotean sueltas, sin posarse, adorno obligado de una postal rural, y detrás, el trono improvisado se planta sobre una colina sembrada —¿café, viñedo, ladera de finca cafetera?— que desciende hacia una casa blanca de tejas rojas, minúscula, casi de juguete, decimonónica, fundada bajo un problema de la tierra irresoluble de reformas agrarias legislativas y contrareformas agrarias de despojo violento, mientras un sol grande y bajo, entre naranjas y dorados, corona la escena. 

Ni bandera, ni escudo, ni columna alrededor, ni banda presidencial ni apropiación de lo que es todos como tricolor de la bandera o de la camiseta de la selección de fútbol: la silla, con sus brazos curvos y su respaldo labrado, es lo único que recuerda que ahí, alguna vez, mitad raíz, mitad resorte, se sentó el poder.

Gustavo Petro, como presidente, podría ser un árbol. Un árbol con la raíz puesta donde debe estar —un ser humano capaz de llamar al genocidio de unos seres humanos contra otros por su nombre, en mayúsculas: GENOCIDIO—, pero que en su vida política y social se va por las ramas, o que, tal vez, dejó de crecer: se podó a sí mismo por vanidad y, a la vez, fue podado por actos de sevicia extrema, de clasismo, racismo y mezquindad y manipulación mediática, y hoy está trunco. Pero si la raíz persiste, si sigue viva, si continúa conectada a ras de suelo con otros árboles, ese árbol no está del todo caído ni listo para ser extraído del paisaje nacional y convertido en leña o trillado: es un árbol que da fruto y que dejó semilla.

Hay una frase que Petro repite con insistencia y que merece examen: “La oposición de izquierda”, etiqueta con la que marca como desleal a........

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