Los relatos que nos atrapan |
En Colombia la desigualdad no solo está en la chequera: no basta con preguntar cuánto tiene alguien, con frecuencia toca preguntar “quién es”. Esa fue la idea central de una charla reciente sobre desigualdad que tuve el gusto de compartir en el Festival Pensar en Voz Alta organizado por la Universidad Icesi, y que puede verse aquí. Sin repetirla, quiero usarla para leer de otra manera la coyuntura electoral.
La desigualdad que más debería preocuparnos no es solo la que aparece en las cifras de ingreso, riqueza o movilidad. Es una desigualdad más básica: la que decide quién cuenta. Una sociedad puede ampliar servicios, entregar subsidios y aun así tratar a algunos ciudadanos como si su voz, su dignidad o hasta su forma de hablar valieran menos. Como lo dice Elizabeth Anderson, el asunto no es tanto la desigualdad de qué, sino entre quiénes.
En el discurso público, en cambio, se habla más de igualdad de oportunidades. Esa igualdad importa. Hay que reducir las barreras arbitrarias del origen. Pero ese es un medio, no el fin último. La pregunta democrática de fondo es si podemos mirarnos como miembros de una misma comunidad política, sin ciudadanos de primera y de segunda.
A los economistas, en particular, suele atraerles la igualdad de oportunidades porque parece ofrecer una armonía entre objetivos en posible tensión: partir de condiciones similares, llegar a destinos diferentes, y dejar que la libertad, el esfuerzo y el talento produzcan innovación sin sacrificar justicia.
El problema aparece cuando esa idea se convierte en el fin último. Promete lo mejor del mercado y del Estado, pero puede ofrecer lo peor de ambos: glorifica al mercado y al individuo exitoso como si nada debiera a la cooperación social y crea un Estado paternalista y lastimero que convierte al pobre en objeto de compasión frente a su “mala suerte”. Así, deja de afirmar la igual dignidad de los ciudadanos y demerita, paradójicamente, a quienes pretende beneficiar.
Tampoco basta con oponer igualdad de oportunidades a igualdad de resultados, como si una fuera noble y la otra sospechosa. La desigualdad de resultados de hoy es desigualdad de oportunidades mañana. Y cuando las brechas son extremas, destruyen la posibilidad misma de que todos recibamos igual consideración. Por ello el propósito no es buscar la absoluta igualación de recursos, una utopía que tantas veces termina en distopía. Es impedir que la riqueza, el poder o la posición social compren más voz, más respeto y más........