Iván Cepeda, la verdad como poder |
El 9 de agosto de 1994, Iván Cepeda tomó un bus hacia la Universidad Javeriana después de dejar que su padre saliera primero de la casa. En el camino se encontró con ambulancias, patrullas y gente alrededor de un carro baleado. Era el de Manuel Cepeda. Su padre, senador de la Unión Patriótica, acababa de ser asesinado.
Iván no se quebró sobre el cadáver. Sacó de su chaqueta la columna que su papá había escrito para Voz, el semanario que dirigía, sobre otro militante asesinado días antes; cruzó a la casa de enfrente para avisarle a su esposa; y luego habló con los periodistas. Contenido, les pidió al presidente Ernesto Samper y a quienes tenían que ver con la justicia que hicieran algo contra “esta ofensiva contra los dirigentes de izquierda” y que el crimen no quedara impune, “como el de tantos hombres justos y valientes que han peleado en este país”. Años después diría: “Cuando asesinaron a mi padre, yo ya sabía cómo debía actuar, qué debía decir”.
Ese momento marcó su vida pública. A partir de esa tragedia, Cepeda convirtió su dolor en denuncia, pero sobre todo en un lenguaje común para otras víctimas. De la estética del duelo nació su forma de hacer política y la que ahora propone para Colombia: una política organizada alrededor de la verdad de las víctimas.
Cepeda construyó su vida pública sobre la verdad incuestionable de que su padre, como miles de militantes de la UP, fue asesinado en un crimen de Estado. Pero esa misma matriz moral —la de mirar la política desde las víctimas del Estado— también ayuda a explicar sus puntos ciegos frente a las responsabilidades, ambigüedades y crímenes de su propio campo político.
El hijo de la izquierda perseguida
En la casa de Iván Cepeda, la política no era una conversación de adultos. Era el aire que se respiraba. Sus padres, Manuel Cepeda y Yira Castro, eran periodistas, comunistas y revolucionarios. La clandestinidad, el arte, el exilio y la persecución hacían parte de la vida familiar.
Yira, sucreña, carismática y de origen libanés, había sido una de las fundadoras del Círculo de Periodistas de Bogotá. Murió de un tumor cerebral cuando Iván tenía 17 años y su hermana María, 14. Manuel siguió ocupando el centro de la vida familiar y política: dirigía Voz, el semanario del Partido Comunista, era una figura admirada de la izquierda de su generación, hacía cerámica, escribía poesía y llenó la casa de libros en varios idiomas, relojes, dibujos y objetos de arte.
“Tuvimos una infancia plácida, feliz, rodeada del afecto de mi padre y madre”, dice en un documental sobre la vida de Manuel Cepeda, María, la hermana menor de Iván. “Pero también en el ambiente de sus actividades políticas y los tiempos tempestuosos que se vivían a finales de los años 60 y el comienzo de un regreso de un exilio”.
La Colombia en la que creció Iván era formalmente democrática, pero políticamente cerrada. El Frente Nacional había repartido el poder entre liberales y conservadores para dejar atrás La Violencia, y al hacerlo, excluyó a terceras fuerzas, en especial a la izquierda comunista en la que creía Manuel Cepeda.
Cuando nació Iván el 24 de octubre de 1962, su padre estaba en la cárcel. Lo habían detenido por entrevistar a un sobreviviente del bombardeo del Ejército a Marquetalia, el enclave campesino comunista que luego se convertiría en mito fundacional de las Farc. En prisión, Manuel escribió ¡Vencerás Marquetalia!. Como cuenta León Valencia en su reciente biografía de Iván Cepeda, “el Partido Comunista al que pertenecía se solidarizó con esas autodefensas campesinas que después conformaron las Farc bajo el principio comunista de la “combinación de todas las formas de lucha”.
Desde muy joven, Iván entró en el mundo de la militancia política. A los 13 años, ya pertenecía a las Juventudes Comunistas. Y a los 17, recién muerta su madre, su papá lo envió a estudiar filosofía en la Universidad San Clemente de Ohrid, en Sofía, Bulgaria, bajo la Cortina de Hierro.
Volvió en 1987, desencantado del marxismo soviético y de los privilegios que había visto del partido comunista en Bulgaria y más cerca de los sectores que cuestionaban la ortodoxia comunista de su padre. Se salió de las Juventudes Comunistas, se acercó a Bernardo Jaramillo, uno de los “perestroikos” que se oponían a su padre, y comenzó a enseñar filosofía en la Universidad Javeriana, que era menos dogmática que la Nacional.
Dos colegas que lo conocieron en esa época recuerdan a un hombre jovial, con un ácido sentido del humor, más interesado en Foucault y Gramsci que en la militancia dogmática. Le interesaba la estética. “No era un militante politico, era un teórico, buen profesor”, dice Gustavo Chirolla, profesor también de la Javeriana. “Era muy colaborador con causas. Cuando estaban en el exilio en París, organizaron con su esposa para darles remanentes de los supermercados a los migrantes. Era el tipo de cosas que hacía Iván”.
Ya aparecía en esa época un rasgo que muchas personas repiten hasta hoy: el estoicismo. Pero la muerte de su padre lo transformó. Le cambió el destino.
Fue una muerte anunciada por años de amenazas, asesinatos y exilios alrededor de la Unión Patriótica.
La muerte de Manuel Cepeda
Dos años antes de que Iván regresara a Colombia, había surgido la Unión Patriótica. “Formado como una mezcla del Partido Comunista y de las FARC, la UP fue la encarnación de la combinación de todas las formas de lucha porque, para entonces, la combinación era una forma de actuar que no se cuestionaba, tan normal como tomar una taza de café al desayuno: los comunistas hacían campaña en las ciudades mientras los grupos de autodefensa se enfrentaban a las tropas del gobierno en las zonas rurales”, dice Steven Dudley en su libro sobre la Unión Patriótica Armas y Urnas, historia de un genocidio político.
La UP nació durante el proceso de paz con Belisario Betancur como un mecanismo para que las Farc pudieran dejar las armas y hacer política en las urnas. Pero casi desde el comienzo sus enemigos la igualaron con la guerrilla. Cada crimen de las Farc se convertía en retaliación contra sus militantes.
Durante la siguiente década, 5.733 personas de la Unión Patriótica fueron asesinadas: dos candidatos presidenciales (Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo), 5 congresistas en ejercicio (incluido Manuel Cepeda), 11 diputados, 109 concejales, 8 alcaldes en ejercicio y 8 exalcaldes, además de miles de militantes. Fue un genocidio político cometido uno a uno, a la vista de todos, y una de las peores tragedias de Colombia.
A comienzos de los noventa, muchos de los colegas más cercanos de Manuel ya habían sido asesinados o se habían exiliado. En 1992, le tocó dar el paso a él y se convirtió en representante a la Cámara; dos años después, en senador. Desde su curul, Cepeda denunció a los oficiales del Ejército que estaban detrás de los asesinatos de sus compañeros de la UP. Lo hizo con nombre y apellido.
Dudley escribe en su libro que esa franqueza y su reconocida posición pro Farc lo condenaron: “La combinación de todas las formas de lucha, la vieja estrategia del Partido Comunista de usar al mismo tiempo medios legales e ilegales para tomarse el poder, era el credo de Manuel y, como miembro del Comité Ejecutivo del Partido Comunista, tenía entre sus responsabilidades mantener el contacto con las FARC. Manuel no era un mártir como otros comunistas, pero tampoco era un pragmático y sus indiscreciones le costaron la vida”.
En “Documentos y Correspondencia 1993-1998 Manuel Marulanda Vélez”, que recoge las cartas del jefe de las Farc, Tirofijo es explícito en esa relación entre el Partido Comunista y la guerrilla de esa época y en ese contexto, habla de su apoyo a la candidatura de Manuel Cepeda al Senado en 1994. “Lo de Manuel Cepeda es una exigencia del partido y nosotros nos comprometimos a ayudarle en las zonas guerrilleras o donde nosotros viéramos influencia”, dice el jefe guerrillero en una carta a alias ‘Timochenko’ el 24 de febrero de ese año.
Dudley cuenta en su libro que los archivos del caso demostraban que el coronel Rodolfo Herrera Luna, a quien Manuel Cepeda había denunciado desde el Congreso, determinó su asesinato después de que la guerrilla mató al general Carlos Julio Gil Colorado, que era de su promoción. “En este caso, el coronel creyó que Manuel Cepeda trabajaba para las Farc y, por lo tanto, organizó el golpe como una especie de ley del talión”, escribió Dudley.
Años después, en su propio libro, el jefe paramilitar Carlos Castaño también admitió que había “dirigido” el asesinato de Manuel en retaliación por la muerte de ese general. Además, se regodeó de que la justicia colombiana lo hubiera exonerado.
Del duelo privado a la memoria pública
Con el asesinato de Manuel Cepeda, Iván se convirtió en referente para una generación de huérfanos de la violencia política. Junto con Claudia Girón, su esposa........