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Paloma Valencia, la graduada más fervorosa del uribismo

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18.05.2026

Ahí está la candidata —dice Álvaro Uribe a través de un micrófono, mientras le da la espalda a un público de más de 300 personas y señala hacia la parte sur de una tarima— . Ella viene con el corazón transido. Por los hechos del Cauca. Dos atentados. 

Es sábado, 25 de abril, y Uribe habla de Paloma Valencia, su candidata a la Presidencia. Ella sube unas escaleras y se abre espacio entre el puñado de políticos que hacen posible un evento en Envigado, en el área metropolitana de Medellín. Se detiene al lado de Uribe, en la parte delantera de la tarima, y tras recibir un micrófono recoge su bienvenida. 

—Vengo triste, presidente. Pusieron dos bombas ayer en el Valle y esta mañana quemaron una tractomula en el Cauca. Pusieron otra en la vía Panamericana. Las imágenes son horribles: gente esparcida en la carretera y la carretera desbaratada. 

No pasa más de una hora y Uribe hace otro anuncio. Dice que la candidata cancela el resto de su agenda en Antioquia para viajar al Cauca. Hasta allí llegará en la noche del sábado en un viaje que es estratégico, por la importancia de la seguridad en la campaña, pero que también desempolva su infancia y explica en parte el camino político que construyó. 

Este es el perfil de Paloma Susana Valencia Laserna, según más de 20 personas que la conocieron en distintas etapas de su vida, sus hechos y las palabras que ha escrito o dicho en medios de comunicación. Una caucana con linaje que se obstinó en cultivar un camino propio en el que encontró a Álvaro Uribe como su mentor. Hoy, ya graduada de su escuela, aspira como una de los tres candidatos más fuertes a la Presidencia de Colombia. 

Una tierra que era casi paraíso 

Paloma nació en Popayán, la capital del Cauca, en 1978. Su época de colegio y universidad fue un ir y venir, sin descanso, entre esa ciudad y Bogotá. En parte por la guerra, en parte por la política, en parte por el privilegio, en parte por el divorcio de sus papás. 

La mayor de tres hijos, entre Ignacio Valencia y Dorotea Laserna, vivió los primeros años de su vida en Río Blanco, una finca que para ella y su hermano Agustín, el segundo de los hijos, era un anticipo de la tierra prometida. Una en la que el apellido Valencia se escuchó por primera vez en la época de La Colonia y que con el tiempo ganó espacio en la minería, la tutela de esclavos e indígenas y la acumulación de tierras. Una en la que los Valencia fueron primero condes coloniales antes que políticos republicanos. 

Sobre ese legado hecho paraíso, en forma de animales y hierba fresca, Paloma corría con su hermano. Al compás de los perros, que adora desde entonces, y avistando no solo pájaros sino vacas y cultivos de café. Era la infancia de una niña que crecía sobre el simbolismo de un linaje de siglos, que diezmó su poderío en la primera mitad del siglo XX, pero del que todavía quedaban poder político y dinero. 

Y también una familia grande. Además de Agustín y Cayetana, la menor de los hermanos, Paloma creció con otros cuatro primos que eran como sus hermanos: los Iragorri Valencia, hijos del matrimonio entre Diana Valencia, hermana de “Tato”, el papá de Paloma, y Aurelio Iragorri Hormaza, liberal y varias veces senador. 

—Éramos como un mismo rancho —recuerda Aurelio Iragorri Junior, primo que la vio crecer y hoy está en su campaña. 

Esa cercanía permitió que Aurelio y hermanas suyas como Patricia, ambos mayores que Paloma, fueran testigos de las primeras memorias de la hoy candidata presidencial. Juntos, aún unos niñatos, hacían de espectadores en los banquetes políticos de la familia. 

A manteles, entre vajillas, café y panes aliñados, los grandes discutían sobre política y filosofía; sobre los modelos ideales de país. Entre esos grandes estaba Álvaro Pío Valencia, hermano del expresidente Guillermo León Valencia, un comunista de pura cepa que incluso inspiró a Manuel José Cepeda, el papá de Iván Cepeda, hoy rival de su sobrina nieta, en las sendas revolucionarias. 

Aunque entonces Paloma y sus primos solo jugaban y hacían bulla en un comedor auxiliar dispuesto para los chiquitos, ella recuerda los rasgos variopintos de su familia: los Valencia, quienes más la influenciaron en su infancia y cuya cumbre, por lo menos en la política, fue la presidencia de Valencia en 1962, durante el segundo gobierno del Frente Nacional. 

Sobre esos recuerdos ha vuelto en varias entrevistas.

—Mi tía Pepa era rojista y mi abuelo estaba buscando que Rojas cayera; además estaba el otro hermano comunista y la otra liberal. Terminaban unas discusiones muy duras, pero nunca permitieron que eso les impidiera estar juntos. 

Igual no ocurrió en la convivencia de sus papás. 

Cuando Paloma tenía cinco años, el matrimonio entre Ignacio y Dorotea se desbarató. Eso llevó a que la hasta entonces pareja se mudara de lleno a Bogotá, donde empezaron las visitas compartidas y Paloma entró al Santa María, un colegio bilingüe de solo niñas. Allí conoció a Ángela Romero, quien es su amiga desde preescolar, hace 45 años. 

—Cuando nos hicimos amigas, Paloma ya vivía con su papá y Agustín. Cayetana se había quedado con Dorotea, su mamá. 

Entonces, el cisma del divorcio ya había causado estragos en la casa Valencia Laserna. Fue un pleito intenso, que incluyó estrados judiciales, en el que no hubo acuerdo por mucho tiempo. La refriega no fue por plata sino por la custodia de los tres hijos. Ambos la querían a muerte. No importaba que esa fiereza parental terminara por dañarlos a todos.  

—Se pelearon por todo —dice una fuente cercana a Paloma que prefiere no ser citada—. Eso se reventó y ella se quedó con el papá. No se volvieron a hablar. 

Corría 1983 e Ignacio Valencia ya era representante del Cauca por el Partido Conservador. En Bogotá, en semana, vivía en la casa de los Valencia Iragorri. Y de jueves a lunes viajaba para despachar desde Popayán. Ese ir y venir hizo que su hermana Diana hiciera las veces de mamá de Paloma y que los primos Iragorri repitieran otra vez de hermanos. 

Paloma no era del todo consciente de lo que ocurría y, mientras su papá hacía política, ella y Agustín hacían travesuras. Se derretían por visitar la feria agropecuaria y los papás de Ángela, su amiga de preescolar, les cumplían el capricho. Ignacio le pedía no comprar nada, pero en un descuido Paloma desaparecía y regresaba con varios conejos. No había mucho por hacer. Los conejos terminaban en Río Grande, adonde seguían yendo. 

—Eran de temperamento fuerte —dice Ángela Romero—. Agustín pedía pollo asado y Paloma decía Cali Mio. Cuando decidían, mi papá les preguntaba: ¿Qué quieren ser cuando grandes? Ella contestaba: ¡Presidenta de Colombia! Y Agustín se atravesaba “¡No, yooo!”. Además de animales, todo era política. Uno iba a jugar con ellos a la casa de Diana y Aurelio, y solo se hablaba de política. Política, política, política. 

Por la política se regresaron de lleno a Popayán. Ignacio, Paloma y Agustín. Ángela lo supo por boca de Paloma y ella por boca de su papá. Allí hizo el bachillerato, en el colegio San José de Tarbes, mejor conocido como las Josefinas, en el centro histórico de la ciudad. Un colegio femenino, católico, tradicional. 

Era inquieta. Escribía y producía las obras de teatro del colegio. Las monjas le acolitaban sus ocurrencias porque ya mostraba un rasgo intelectual. Había crecido rodeada de política pero también de literatura y arte: con los poemas de su bisabuelo, el poeta y político conservador Guillermo Valencia Castillo; y la destreza de las manos que pintan y moldean arcilla que alcanzó a ver de pequeña en su mamá. 

En la ortodoncia Paloma encontró excusas para mantener su vínculo con Bogotá, adonde viajaba una vez al mes, de viernes a lunes, para avanzar su tratamiento. Pero también para visitar a los primos Iragorri y desatrasar cuaderno con Ángela, quien cuenta:

—Me mandaba cajas de regalo por Correos de Colombia; dulce cortado y carantanta (un pasabocas típico de Popayán, que también es sopa, y es su plato especial). Y cuando venía se quedaba en mi casa o nos íbamos todos para donde los Iragorri. 

Pero los viajes no solo conducían a Bogotá. Paloma conoció el Cauca y la política de la mano de su papá, Ignacio, su referente más cercano en la materia y quien para entonces ya era Senador. A él no solo le agradece haberla llevado al aeropuerto de Popayán a recibir a Belisario Betancur, de quien se declaraba fanática a sus escasos cinco años, sino al resto de correrías y su forma de hacer política. 

—Con mi papá iba a los lugares más pobres del Cauca, a pueblos que no eran propiamente ricos —dice ella—. Jugaba con niños de todos los estratos sociales. La política de mi papá era con rifas, en los pueblos, con la gente, atendiendo los domingos. Me acuerdo mucho de esos días en mi casa: una fila de gente, 200 personas, y les daban CocaCola y papas. 

La vida en Río Grande, donde Paloma hacía sus fogatas con amigos, alrededor de un gran columpio, fue divertida hasta que llegó la violencia. Hasta que empezaron a matar en forma. A amigos y líderes políticos. Los Iragorri Valencia lo habían vivido en carne propia y fue por eso que partieron primero a Bogotá. 

—Estudié en el Cauca hasta que tenía 13 años, cuando la guerrilla nos puso una bomba y explotó la casa —recuerda Iragorri Junior—. Para algunos fuimos unos oligarcas que se pasaron a vivir a Bogotá, cuando tuvimos que salir en un Renault 12. Fue a una cuadra de la Policía y Paloma estaba recién nacida 

Esa violencia la vio Paloma de frente cuando estuvo un poco más grande. 

—Cada vez secuestraban más personas en Popayán —dice Patricia, su prima—. Era una violencia que uno no entendía y no se entendía por qué los gobiernos no actuaban. Parecía que nadie se daba cuenta de que todo eso estaba pasando en el Cauca. 

Fue una época en la que las Farc consolidaron su hegemonía en Cauca con el Comando Conjunto Occidental y los paramilitares ganaron espacio con el Bloque Calima. En medio, estaban los reductos de los carteles del narcotráfico, como el del Norte del Valle. En total, según un informe de la Comisión de la Verdad, a la que Paloma criticará 20 años más tarde como senadora del uribismo, el Cauca padeció 309 ataques guerrilleros entre 1995 y 2013 y 597 secuestros (incluyendo al Valle) entre 1958 y 1999. 

Esas cifras marcarán su paso por la universidad. 

El joker del bajo perfil 

Paloma dejó de nuevo el Cauca para volver a Bogotá. Esta vez para estudiar derecho. Entró a Los Andes, una universidad que para 1995 no era la referencia en derecho, como el Externado o el Rosario, pero por la que ya desfilaban hijos de políticos y empresarios. La promesa era una educación técnica, laica y sin turbulencias políticas como en la Nacional. 

Como todo primíparo, emprendió la tarea de cosechar amigos. El grupo en principio parecía un cardumen humano, que se movía de tajo y homogéneo por el Bloque I de la Facultad de Derecho. Un lote del centro de Bogotá, que fue cárcel de mujeres y convento de monjas, antes que universidad.

—Éramos como una célula para arriba y para abajo —cuenta Paula Silva, compañera de Paloma en la universidad—. Teníamos a Paloma, que venía de Popayán; a María Inés, de Barranquilla; a Juan Pablo, de Villavicencio. Todos de diferentes colegios. 

El de Paloma era un combo híbrido que retrataba el arco de su infancia y adolescencia. Estaban las amigas cachacas, quienes no perdonaban tarea universitaria en la casa de los Iragorri Valencia, donde Paloma vivía porque su papá era cónsul en Marruecos; y los de región, con quienes mantenía un vínculo que no era estrictamente universitario.

—Se sentía de provincia pese a su familia en Bogotá —cuenta Juan Pablo Coy, uno de sus amigos provincianos—. Le preocupaba mucho la seguridad. Nos contaba que a uno de sus novios de Popayán le hicieron el paseo millonario. 

Ella todavía reivindica ese origen y deja claro que primero fue Popayán antes que Bogotá. 

—¡¿Rola?! —le responde extrañada a un periodista en una entrevista reciente—. No, yo me crié en Popayán, hice mi colegio en Popayán. Cómo voy a ser rola cuando mis mejores amigos son todos de Popayán. A Bogotá llego a la universidad. 

Las anécdotas de esos primeros días las compartía con su prima Patricia, con quien vivía en la Séptima con 88. A ella, que estudiaba psicología en la Javeriana, no solo la ponía al tanto de las novedades en Los Andes sino que le daba una mano con sus ensayos. Paloma estudiaba derecho pero ya tenía soltura para la escritura. 

Mientras su papá regresaba de Marruecos, antes de mudarse con él y su hermano Agustín a la 94 con 11, aprovechaba para explorar los marcos de su identidad. Lejos del brillo que le daba el apellido Valencia en su infancia, en Los Andes avanzaba sin ser un polo de atracción.

Por la universidad se movía despeinada, de jean y mochila. Camuflada en un semblante hippie y descomplicado —propio de la época—, terminado con un aire de reflexión que no reñía con su acento payanés, al que nunca renunció. Inteligente y bonita, aunque desprovista de cualquier magnetismo arrollador. 

—Muchos candidatos suelen ser líderes cuando pequeños, pero ella no —dice Paula Silva, su compañera—. Era más bien reflexiva y analítica. No llevaba la batuta, no era la que se quería hacer notar, siempre con un perfil bajo. Lo más típico era su mochila. 

En la universidad se sabía que era nieta de expresidente, pero ese linaje tampoco atraía reflectores desmedidos. Porque Paloma era cero presumida y sencilla, según sus amigos, pero también porque allí estudiaban los Santos, dueños de El Tiempo, y buena parte de la élite capitalina. El cuadro de delfines al que ingresaba estaba lejos de ser exclusivo. 

Los reflectores los acabaraba la Constitución de 1991, que estaba todavía fresca, y las figuras e instituciones que nacieron con ella. Ya habían pasado los días del magistrado Ciro Angarita en la Corte Constitucional, donde les dio sustancia al naciente concepto de Estado Social de Derecho y a la tutela. Y eran los de Carlos Gaviria, quien puso con los pelos de punta a la franja más goda del país con sus sentencias sobre la dosis mínima, la eutanasia y los derechos de homosexuales e indígenas. 

Aunque a Paloma no. Todavía no. 

—La recuerdo como una mujer liberal —dice otra amiga que prefiere no ser citada—. Nos tocaron los primeros momentos de la Corte y todas las........

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