Sin defensa no hay justicia
Hay oficios que viven en la frontera moral de la sociedad. El abogado penalista litigante es uno de ellos. Su tarea no es cómoda: se mueve entre la sospecha, el dolor de las víctimas, la presión mediática y, muchas veces, la incomprensión social. Sin embargo, su función es esencial en un Estado de Derecho.
El punto de partida no es el acusado, sino la regla: la presunción de inocencia y el derecho a la defensa. Sin esas dos columnas, lo que queda no es justicia, sino arbitrariedad. Defender a quien es investigado -incluso a quien luego resulta culpable- no es una anomalía del sistema; es, precisamente, la prueba de que el sistema funciona.
La incomodidad social surge cuando el resultado del proceso parece confirmar la sospecha inicial: si era culpable, ¿por........
