Las elecciones y el dilema del avatar, por Juan De la Puente

El último tramo previo a las elecciones revela las filosas aristas de una competencia que arrojará ganadores, pero no vencedores, es decir, un dato aritmético con mínima legitimidad al punto de no significar un evento definitorio.

La República Obscena instaurada en los últimos años transformó las relaciones entre candidatos y electores en una dimensión que el actual Congreso no imaginó cuando derribó las leyes de la tímida reforma electoral aprobada desde 2018.

Muy poco del proceso electoral se parece a los que tuvimos en las últimas décadas. Los partidos son menos partidos, los políticos menos políticos y los electores menos electores. Tanto variaron las relaciones entre la oferta y demanda electoral que los candidatos han dejado de hacer grandes promesas y la sociedad ha dejado de reclamar grandes proposiciones. El 12 de abril se producirá un “choque y fuga” masivo y oficial, un acto lícito, pero obsceno, apurado y a desgano, sin protección y sin compromiso.

La redefinición de las reglas de juego sepulta a mayor profundidad todo lo que puede ser rotulado como programático y ha elevado las representaciones estéticas a un nivel superlativo. No hay duda de que buena parte de los resultados dependerá más que antes de los posicionamientos simbólicos y pulsiones emocionales operadas directamente por las redes sociales y medios tradicionales, con escasa mediación política convencional.

Tampoco nos creemos el cuento de que ese simbolismo hegemónico no es político. Lo es en otro sentido. El resultado atenderá algunos elementos de la política como reglas procedimentales, conteo de votos y “poblamiento” de instituciones; pero no resolverá lo político como dirección de la sociedad con cierto horizonte. Se gana en la política y se vence en lo político, de modo que apreciando las tendencias es probable que los peruanos volvamos a las........

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