La última ofensa de Sánchez, por Emilio Noguerol |
Hay desplantes que no deben pasar inadvertidos, especialmente aquellos que se hacen contra quienes dedicaron su vida política a construir nación. Cuando el periodista César Hildebrandt le leyó, este lunes, a Roberto Sánchez aquella sentencia que Ricardo Uceda hiciera en su columna del domingo —“no veo a Barrantes acompañado de un asesino de policías, ni a Pease mostrando un plan obtenido a la hora undécima, ni a Jorge del Prado robándose el dinero de sus militantes”—, el candidato tuvo delante una oportunidad y la convirtió en una confesión (aunque no muy cristiana). Pudo haber reclamado esa herencia de la izquierda democrática y decente. En cambio, preguntó dónde estaban ahora esos “ilustrados”, esa “izquierda dorada”, esa “academia”. Los nombró para acusarlos como parte del problema, como si fueran corresponsables del país que él mismo describe como república fallida y que, en su abultado ego, cree ser capaz de refundar.
Conviene detenerse en la magnitud de la impertinencia, porque no es menor y no se la debe dejar pasar como un tropiezo de campaña (una que ya había culminado, dicho sea de paso, pero así de torpe es).
Alfonso Barrantes no nos legó una república fallida, nos legó el Vaso de Leche, que sobrevivió a todos los gobiernos que vinieron a enterrarlo. Nos legó la primera demostración, en un continente que se desangraba en guerrillas, de que un marxista podía ganar una alcaldía y gobernarla con decencia y pluralismo. Y, en general, esa izquierda nos legó una obra de pensamiento sobre la descentralización y el poder local que todavía se estudia, y una conducta parlamentaria que hoy parecería de otro planeta. Es injusto atribuirle la democracia híbrida que hoy tenemos. Sus integrantes no capturaron........